jueves, 9 de diciembre de 2010

¿Por qué el tiempo?

¡¡Hola a todas!! jejejeje debo disculparme por no haber publicado durante las últimas dos semanas jejejeje pero con los exámenes me fui imposible escribir. No diré mucho jejeje más que muuuuuuuuuuuuuuchas gracias por los comentarios. Siempre me ponen contenta.




Sacudí la cabeza.

Odiaba las clases, odiaba el instituto, odiaba a los guardaespaldas, todo lo referente a Mateus lo odiaba. No entendía por qué tanta locura por tenerme en su poder ¿No le era suficiente haber separado a mi familia? Había esperado una larga semana para poder verlo y gritarle cuanto quisiera, después de todo, era su esposa y estaba en derecho. Aunque, finalmente, extrañaba más de lo que odiaba y eso era lo que me mantenía en aquel estado de depresión que me quitaba el apetito, me dejaba callada y me obligaba a esperar con insistencia que terminara el día para poder llorar en mi cuarto sin interrupciones. Adelaida fue la única de todos en el instituto que se mostró comprensiva y me apoyó desde que llegué. La directora era tan poco atenta conmigo. Pronunciaba mi nuevo apellido con desprecio e ignoraba los problemas que daban las otras chicas. Cada vez que pasaba por los pasillos, flanqueada por seis hombres de espalda ancha y ojos negros como el carbón, era el blanco de murmullos y chismorreos. Había intentado en vano deshacerme de ellos o entablar conversación con alguna de mis compañeras, pero ninguna se mostraba cómoda, a sabiendas, de que, si hablaba conmigo, nadie más la aceptaría. No tenía idea de dónde estaba. Sólo sabía que era Londres. Pero la seguridad era tan alta, que me privaban de todo (incluyendo salidas del instituto), a excepción de las caminatas nocturnas por los terrenos del gigantesco instituto. Me habían prohibido la comunicación con cualquiera que no fuera del instituto. Tenía computadora, pero no internet. Teléfono, pero en mi opinión, de decoración, porque tenía las líneas cortadas. Sólo servía para llamar a Adelaida. Me preguntaba varias veces al día qué era peor, la cárcel o esto... y a pesar de todas las desventajas, allá estaría más comunicada que aquí.

Entonces alguien tocó la puerta.

-¡Pasa, Adelaida!- pedí.

La puerta se entreabrió. Adelaida traía aquel rostro infantil surcado de preocupación.
Me encaminé a la puerta.

-¿Qué pasó?- pregunté preocupada ahora yo.

Respiró hondo y pasó cerrando la puerta tras de sí.

-¿Alguna novedad?- insistí escrutándola con la mirada.

Ella asintió entrelazando sus manos con nerviosismo.

-El señor Mateus quiere verte- susurró.

Me tomó más de un minuto asimilar aquellas cinco palabras.

La rabia fue tan repentina, que lancé lo primero que tenía a mano contra la pared. La sangre fluía por mi cuerpo como lava caliente que quemaba cada una de mis células ¡¿CREÍA QUE DESPUÉS DE TODO LO QUE ME HABÍA HECHO TENÍA LA MENOR INTENCIÓN DE VERLO?!

-Será mejor que te prepares, cariño- murmuró Adelaida con timidez.

-No voy a ver a ese infeliz- siseé intentando contener los gritos.

Quería despotricar con el mundo entero, golpear lo que fuera. Me alejé de Adelaida, porque, el poco sentido común que me quedaba, estaba miedoso de que pudiera ocacionarle algún daño.

Sentía en la boca un sabor ácido.

-No lo veré- repetí casi escupiendo las palabras.

Recordé aquellos ojos grises, que penetraban descaradamente, como si no trayera nada encima. No estaba dispuesta a cruzar ni una sola mirada con Él, ni si quiera dirigirle una sola palabra. Quería darle el peor de los castigos y si mi silencio le molestaba, entonces sería silenciosa.

Adelaida suspiró con fatiga.

-Vamos, señorita Any. Será sólo para verla, no tendrá que hablar con él- intentó convencerme.

Entonces me di cuenta de que lo que había lanzado contra la pared era la computadora.

Bufé ante las palabras de Adelaida y me hinqué, recogiendo los restos del teclado y la pantalla, rota en miles de pedacitos.

Ignoré olímpicamente los intentos de Adelaida para convencerme. No oiría nada referente a él.

-Por favor- me suplicó desesperada-Se enojará si usted no viene y me dará bofetadas.
Aquello me dejó helada.

Me volví bruscamente hacia ella.

-Él...- respiré hondo- ¿Te ha golpeado?

Mi expresión era de creciente incredulidad ¿Podía ser que alguien golpeara a aquella honrada y tímida chica?

Asintió desviando su mirada hacia sus pies.

Entonces una segunda oleada de rabia y odio me invadió por dentro.

-Hablaré con él- sentencié finalmente.

El triunfo se dibujó en aquel rostro infantil cuando intercambiamos una larga mirada.

No pude evitar sonreírle y abrazarla.

-Pero solo por ti ¿Bien?- le susurré al oído.

-¡Cariño!- empezó conmovida- No tienes por qué. Si me ha golpeado es porque me he portado mal.

-Que no te meta esas ideas a la cabeza- dije al soltarla- un hombre es cobarde cuando le pega a una mujer.

Sonrió con ojos risueños y dulces.

-Pero...

-No- la interrumpí- no trates de defenderlo, que eso no está bien.

Respiré hondo mirando a mí alrededor.

-¡Oh!- exclamó Adelaida de repente- se me olvidaba.

Salió corriendo de la habitación entrando a los pocos minutos con un vestido de un azul aqua en realidad hermoso.

La miré desconcertada.

¿Tendría que ponerme aquel vestido? Quedé maravillada. Me imaginé con el vestido puesto, preguntándome si me vería bien.

-Lo manda el señor Mateus.- explicó Adelaida sin necesidad de que yo preguntara.

Mi ilusión de desvaneció cuando Adelaida pronunció aquel nombre despreciable.

-Pero no me lo tendré que poner ¿Verdad?- dije dudosa.

Adelaida soltó una carcajada.

-¿Entonces para qué lo traigo, señorita? El señor Mateus ordenó explícitamente que llegara con ese vestido.

Maldije para mis adentros.

-Bien- accedí a regañadientes.

Entonces toda esa rabia contenida se convirtió en miedo ¿Cuánto tiempo más estaría aquí?

miércoles, 1 de diciembre de 2010

El tiempo

Sí, aquello era, es y será siempre una ilusión humana: "El tiempo". Éste nunca me había lastimado tanto. Sentía cómo las horas pasaban sin novedad, lenta y silenciosamente, consumiéndome por dentro. Dos largos y dolorosos días, que me dejaban claro que algo andaba terriblemente mal. Ella había desaparecido por mi culpa, ella había salido por mi culpa, ella... sufrió por mi culpa ¿Y cómo se lo agradezco? Dejando que se la lleven unos locos.

Clarisse, su cariñosa madre,me había atendido estos últimos días con la hospitalidad propia de una madre atenta. Me invitó a quedarme en la casa y esperar noticias, pero, mi hermanita Any no apareció... mis peores temores se cumplieron al pie de la letra. Con el corazón palpitándome a cada segundo. Cuando fueron revisadas las cámaras de seguridad, pude observar con detenimiento cada detalle de aquel rostro forzado con una sonrisa de abatimiento. Aquellos pómulos sonrosados por el llanto y las lágrimas llegar hasta su mentón y caer al piso. Pude ver cómo la tomaban, mi valiente hermanita, cómo caía desmayada entre esos brazos extraños y era llevada.

No pude dormir, soñaba siempre con mi madre reprochándome por mi descuido. Las lágrimas de Any, como gigantescas olas de mar, que me llevaban sin rumbo fijo, pasando por objetos olvidados de mi infancia, hasta topar con un gigantesco reloj de manecillas, que llegaba a la hora y pico, formando un remolino que me llevaba a una caída sin fin, resonando en mi cabeza las horribles risas de un hombre codicioso. No pude encontrar la postura correcta para reconciliar el sueño, removiéndome incómodo.

Maldije en voz baja.

Me incorporé de la cama y me acerqué a los ventanales, golpeando la pared con fuerza. Mi frente topó con la fría pared. Seguí maldiciendo en voz baja. Sólo a mí me pasaban estas cosas. Maldije a los presentimientos, prometiéndome que me alejaría de ellos para ser una persona normal. No quería volver a predecir la muerte de alguien o desapariciones. Ya estaba harto de tanto dolor.

Paseé de un lado a otro. Estrujándome el cerebro para encontrar una solución. Buscando un lugar en donde ella pudiera estar.

"Sólo cuando pierdes algo te das cuenta de cuánto lo necesitas" y bueno, ésa era mi situación. Descubrir que la necesitaba, que la quería como nunca había querido a nadie era un alivio, una felicidad, pero, lo había descubierto de la peor manera. No podía imaginarme cómo podría estar ella. Sólo imaginar lo peor y me consumía de rabia, intentando controlar mis temblores. Estaba seguro que sería capaz de romper la pared.

Cerré mis manos en puños, apretando hasta que me dolió.

-Mateus- susurré conteniendo el enojo.

Abrí la puerta de mi habitación, tomé mi bata y salí al pasillo que daba a la sala. Tomé el teléfono. Marqué, respiré hondo y me puse el teléfono al oído.

-¿Sí?- contestó una voz cancina.

-Hola, soy Danny Fontana. Hace unos días desapareció una amiga mía y el oficial Town'swood se encarga del caso ¿Estará por allí?- pregunté.

Se escucharon susurros del otro lado de la línea.

-¿Señor Fontana?- preguntó una voz más despierta y activa.- ¿Por qué tanta prisa?

Instintivamente miré el reloj colgado en la pared. Marcaba las 4:23 AM.

-Yo...- empecé algo dudoso- creo que sé donde está Any.

Un largo silencio reinó por un momento.

-¿En serio?

-No cabe duda- contesté firmemente.

-¿Quiere darme la dirección?- preguntó- puedo mandar un escuadrón en unas horas.



Me removí incómodo en el asiento. Recordé la primera vez que la vi... nuestra caminata por el parque.

Había entrelazado mis manos con nerviosismo. Mirando continuamente hacia la ventana con expresión vigiliante.

Entonces el parque apareció frente a mí, esplendoroso como siempre, alumbrado perfectamente con los rayos del Sol. Provocando que todo tuviera un brillo especial.

-¿Puede parar un momento, por favor?- pedí sin quitar la vista del parque.

Estaba seguro que podría refrescar mi mente para pensar.

El policía no hizo preguntas y paró frente a la acera. Me bajé del auto y caminé hacia los columpios. Observando con alivio que estaban desocupados.

-¿Quieres que te columpie?- pregunté escrutándola con la mirada.

Tomé la cadena del oxidado columpio, como si todo hubiera envejecido en su ausencia.

Negó rotundamente con la cabeza, mostrando un leve sonrojo.

Sentí la humedad y respiré hondo, ella ya no estaba...

No pude evitar sonreír y empezar a columpiarla contra su voluntad. Era mi presentimiento, lo podía sentir, ella deseaba recordar y yo estaba dispuesto a ayudarla.

Apreté la cadena, entonces alguien colocó una mano sobre mi hombro.

Empezó a reír, llenando mi ser con aquel repiqueteo de campanillas, como una canción.

El viento sopló y el columpio se meció suavemente.

Me volví lentamente. El general Town'swood sonrió con pesar.

-Me temo que el edificio está vacío, el periodo laboral fue interrumpido desde ayer, con la excusa de que el dueño se iría de vacaciones.

Apreté la cadena con rabia.

-Él sabía que vendríamos...- murmuré entre dientes.

El general asintió.

-Pero, no perdemos toda la esperanza. Salió a Londres...

Una punzada fugaz en mi pecho me advirtió lo que había estado esperando desde hacía dos días.

-¿Londres?- quise asegurarme.

-Sí- sentenció.

sábado, 20 de noviembre de 2010

¿Nuevo hogar?

Daré una breve explicación jejejeje bueno, desde hace un año ya tenía escritas estas líneas jejejejeje ya estaba destinado que Any sería secuestrada, pero... como no me gustó la primera versión que hice de esta historia, la repetí varias veces y por eso hace varios capítulos mencioné que ya no tenía nada escrito, porque, sí lo tenía, pero no me gustaba. Pero, desde ahora, serán cosas que ya había escrito desde hace un año, cuando era muuuuuy mala para escribir. Entonces, espero que les guste y muchas gracias por los comentarios, que me parecieron ¡hermosos! jejejeje :D


Abrí los ojos de golpe. Estaba sudando de pies a cabeza. Me incorporé sobresaltada y miré a mí alrededor con desconcierto.

Había una ventana enfrente de mí que alumbraba la esplendorosa y lujosa recámara en la que me encontraba prisionera. Sentí rabia, pero tuve que contenerla al sentir el pulsante dolor en mi cabeza. Automáticamente coloqué mi mano sobre ella. Miré con mayor atención el lugar. Había dos estantes de libros al lado de la ventana. Justo enfrente había una hermosa mesita de té con dos sillas a juego sobre un tapete perfectamente hilado. Aquellos colores opacos le daban un aspecto triste a la habitación. La pared de madera tallada y brillante se confundía un poco con el piso haciéndome sentir encerrada en una caja. Incluso había una cómoda a mi lado con un reloj mostrando las seis, pero ¿De la mañana o de la tarde?

Me removí incómoda en la cama de dosel. Pero si éste no era mi cuarto. A penas caía en la cuenta de que nada era un sueño. Todo era real. Me sentí encolerizada al saber que todo era gracias al tal Mateus. Me incorporé y paseé de un lado al otro de la habitación. Primero que nada: No sabía dónde estaba. En segundo: Ni si quiera sabía por qué tantos lujos. Y por último: ¿Qué pasaría conmigo?

En ese momento se abrió la puerta de la habitación. Una joven de aspecto humilde se adentró con cautela, mirándome de pies a cabeza. Me paré en seco.

-¿Quién eres?- pregunté.

-Soy Adelaida.- contestó tímidamente.- Yo soy la encargada de limpiar tu habitación.

La miré con el seño fruncido.

-No lo necesito.- contesté con poca cortesía.

La joven se encogió intimidada.

La fulminé con la mirada. Al ver su miedo, suavicé mi expresión y sonreí.

-Lo lamento, estoy asustada, eso es todo…- me disculpé avergonzada.

-¡Qué terrible! El señor Mateus a veces es muy cruel, pero tiene sus razones.

Respiré hondo intentando no explotar de rabia ¿Cómo se excusaba por él?

-Sólo quisiera saber dónde estoy.- susurré entrecortadamente.

-Pues, no puedo decir mucho. Sólo que usted está en Londres, en un instituto. El buen señor Mateus sabía que usted tiene que terminar sus estudios antes de que se casen.

Ahogué un grito encolerizado. Me sentía impotente, aterrada y a pesar de todo quería estrangularlo. Ya había lastimado suficiente a mi familia sólo por querer casarse conmigo. Empecé a caminar de un lado a otro con impaciencia.

-¿Cómo se llama el instituto?- pregunté.

-No se me está permitido decirlo.- susurró avergonzada.

Maldije para mis adentros. Nos quedamos calladas.

-Debería prepararse, las clases empiezan en una hora.- dijo antes de salir de la habitación.

Miré cómo se cerraba la puerta. Me volví, había una puerta al fondo. Me acerqué y la abrí. Un inmenso baño. La cerré de golpe y corrí a la cama. Me tendí y empecé a llorar. A pesar de que no sirviera de nada me sentía vacía, necesitaba desahogarme. Esto era una locura.

A los pocos minutos alguien tocó la puerta.

-Pasen.- dije con la voz quebrada.

Adelaida abrió y se acercó a mí con un bulto de ropa en la mano. Lo extendió hacia mí.

-Es tu uniforme.

Gruñí. No me pondría uniforme.

-Señorita Sabas, por favor. Si llega tarde su esposo se enojará.

La miré con desdén.

-No es mi esposo ni mucho menos mi novio… ¿Entendido?- dije molesta.

Ella pareció intimidada. Dejó la ropa a mi lado y salió de la habitación rápidamente. Descubrí mi rostro y tomé la ropa. Me metí al baño y me di una ducha, larga y algo tranquilizante. Me sequé el cabello con lentitud y me puse la ropa con desgana. Una blusa de botones, un suéter azul claro, una falda del mismo color y unas medias. Cuando salí, un sequito de hombres corpulentos e intimidantes me esperaban. Los miré sorprendida.

-¿Pero qué…

-Venimos por órdenes del señor. La escoltaremos a su salón.- dijo uno con voz autoritaria.

Asentí lentamente, indignada y me dirigí a la puerta. Los seis me abrieron paso. Al salir, una señora de mediana estatura, curvas grandes y el rostro surcado de arrugas me esperaba. Me extendió la mano y se la estreché.

-Buenas tardes, jovencita Baggio.

Aquello me desconcertó completamente ¿Baggio? Pero ¿De dónde había sacado aquel apellido? Caí en la cuenta unos minutos después, cuando la directora me empezó a mostrar el instituto. Parecía ser que ya me tomaban como la supuesta esposa de Mateus. Me sentí asqueada. Ya no podía soportarlo.

El recuerdo

¡¡¡Muchas gracias por los votos!!! Me han sido de mucho apoyo :D :D :D Ahora sé exactamente qué es lo que voy a hacer :D (Bueno, en realidad no jejejeje pero tengo una idea jejejejeje) Pero, en fin. Gracias por los comentarios, el apoyo, sigo estando feliz :D :D :D :D Muuuuuy feliz en realidad con el blog y todo se los debo a ustedes, muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuchas gracias y espero que les guste el capítulo. Éste se los dedico a cada una de las seguidoras del blog.

-No me voy con ustedes- dije firmemente.


Y a pesar de todo, mis piernas empezaron a temblar descontroladas.

-¡Vamos, cariño! Si no cooperas, tendremos que hacerlo por la fuerza y créeme que a ninguno de nosotros nos va a gustar eso ¿Entendido?- dijo con fingida inocencia.

Negué rotundamente con la cabeza.

Entonces una horrible sonrisa de gato se dibujó en su rostro demacrado. Un involuntario escalofrío pasó por mi espalda. Me dispuse a gritar, pero uno de ellos tapó mi boca con fiereza.

Me sacudí, pataleando y dando golpes a ciegas, pero ninguno de ellos sirvió para que me soltaran.

Colocaron un pañuelo de un olor fétido sobre mi nariz y a pesar de resistirme, a falta de aire, respiré el olor, perdiendo la consciencia a los pocos minutos.



Esta parte la cuenta Danny jejejeje la verdad es que me dio repentinamente ganas de escribir desde su perspectiva jajajaja

El dolor era fuerte, tan fuerte que ya no podía soportarlo. Mi madre se había ido, nunca la volvería a ver, nunca me volvería a abrazar o consolar. La habíamos perdido para siempre. Cuerpo y alma, separados por una larga distancia. Intenté consolarme con la idea de que su alma volaría entre las estrellas como siempre había deseado, pero a pesar de eso... la extrañaba sobremanera. No lo podía creer aún. No podía creer que ella se había ido.

Uno de los doctores colocó la caja sobre mis manos. Escruté con la mirada cada detalle, aprendiéndomelo de memoria. Ella siempre quiso que la lleváramos a la iglesia donde se casó con mi padre.

Me volví hacia Fabián y con pasos cansinos quedé frente a él, entrégandole lo que quedaba del cuerpo de mi madre, reducido a cenizas. Él lo tomó con manos temblorosas.

-Cumpliremos nuestra promesa- murmuró.

Papá y yo asentimos con poco ánimo.

Entonces lo reconocí en mi interior al instante. Algo andaba terriblemente mal... era una punzada tan fuerte de dolor, que no pude evitar un gemido casi inaudible. Ambos hombres se volvieron hacia mí con la preocupación reflejada en el rostro.

-Any...- murmuré entre dientes.

Sin pensarlo dos veces salí corriendo de la habitación gritando su nombre. Quería ver que estuviera sana salva y que todo hubiera sido una confusión. Pasé de pasillo en pasillo, sin ver si quiera rastro de ella... paré y golpeé la pared con fuerza, maldiciendo por mi error ¿Se habría
enojado conmigo por haberle pedido que saliera para dejarnos un momento a solas?

Rápidamente saqué el celular de mi bolsillo y marqué con insistencia el número que desde hacía meses me sabía.

Esperé con impaciencia a que alguien contestara, pero el desesperante pitido me dejó rígido en mi lugar maldiciendo en voz baja. Seguramente tenía el celular apagado, algo raro cuando se trataba de Any.

Caminé de un lado para otro estrujándome el cerebro buscando una posible explicación a su desaparición tan repentina. Entonces marqué por segunda vez, pero el celular seguía apagado. Lo pensé por un momento, aún con el celular en la mano y entonces, sin más preámbulos, marqué el número de su casa.

Al tercer pitido alguien tomó la llamada.

-¿Sí?- contestó su madre.

-¡Hola, señora Sabas! Me preguntaba si estaba Any por ahí- contesté con los nervios carcomiéndome por dentro.

-Pensé que estaba contigo- contestó notablemente sorprendida- ¿Pasó algo?

Me arrepentí de haber marcado aquel número ¿Ahora qué le diría a su progenitora? "Señora Sabas, es que su hija me dejó aquí. Parece que desapareció y no contesta a su celular". Sacudí la cabeza. No podía darle tal susto a la mamá.

-Es sólo que se fue y quería saber si ya había llegado a su casa, pero no contesta- expliqué.

-¿En serio?- preguntó incrédula.- ¡Qué extraño! Déjame lo intento yo y te digo si me contesta.

-Gracias- dije aliviado por su reacción.

Aunque tenía el mal presentimiento de que no contestaría ni llegaría a casa, me abstuve de presentar mis dudas en voz alta.

-Parece que su celular está apagado, cariño ¿Quieres que le diga que te hable cuando llegue?- preguntó tranquilamente.

-Por favor, señora Sabas, me encantaría saber cómo se encuentra- dije disimulando los nervios.

-Muy bien, Danny. Entonces te hablo al rato, cariño- dijo antes de colgar.

No pude mover ni un sólo músculo. La madre parecía tan segura, pero mi presentimiento auguraba todo lo contrario. Sentía con una fuerza aplastante que ella no llegaría a su casa ni volvería a prender su celular.

Recordé con claridad aquella cena que aborrecí desde el principio, sintiendo un vago sentimiento de familiaridad.

El salón era más grande de lo que esperaba. Busqué con la mirada a aquella chica risueña que había conocido el día anterior ¿Podría ser que después de tantos años me hubiera enamorado? Mamá no me soltaba del brazo, conduciéndome por cada mesa, saludando a cada uno de los conocidos de mis padres.

Entonces vi a sus padres, pero ningún rastro de ella. Ambos estaban visiblemente nerviosos, tomados de la mano, el señor le susurraba algo a su esposa en el oído.


Mis padres se acercaron a ellos. Ambos se incorporaron de golpe.

-¿Qué tal, compañero?- dijo el padre de Any estrechando la mano del mío.

-Pues cansados, aún no nos hemos recuperado de la fiesta de ayer- contestó mi papá.

-¿Cómo está tu esposa?- dijo dirigiéndose a mi madre.

Estrecharon las manos.

-Perfecta como siempre- dijo la madre de Any.

Ambas mujeres soltaron una risa y se dieron un abrazo.

-Hola, Danny- dijo la señora.

Extendí mi mano por cortesía y estreché la suya, dándole un beso en la mejilla.

-¡Cuánto le hubiera encantado venir a Any!- dijo el esposo, colocando sus dos manos
sobre los hombros de su mujer- pero tenía que atender a unos invitados.

Sonreí con desánimo.

-Cuánto me hubiera encantado verla- contesté.

Las dos parejas soltaron una carcajada.

-¡Qué muchacho más conciderado!- le dijo la madre a la mía.

Entonces los cinco nos sentamos en nuestros respectivos lugares.

Suspiré resignado y empecé a juguetear con los tenedores, desalentado por la perspectiva de
pasar largas horas sentado sin poder hacer nada.

Y por segunda vez en el día sentí aquella punzada de inseguridad ¿Sería por ella? Miré a mí alrededor con desconfianza.

-¡Danny, cariño!- dijo la madre de Any- Quiero presentarte a alguien, ven.

Ella se incorporó y yo con ella.

Me tomó del brazo y me guió hasta una mesa en la que se sentaba una pareja con una joven
que parecía de mi edad.

-Ella es Iris, hija de un compañero de trabajo de tu padre.- nos presentó.

La chica se incorporó con una gracia algo turbadora y extendió su mano.

La estreché con confusión.

-Iris, él es Danny- le dijo a la joven, que no me quitaba la vista de encima.

-Un placer, Iris.- dije sonriente.

Me contestó con una sonrisa bella, recordándome a Any por un momento.

Nos sentamos en un lugar apartado del los adultos y empezamos a platicar, pero... no pude evitar compararlo con la visita al parque el día anterior. Me daba la sensación de que Any tenía algo especial, algo diferente a las demás chicas que me dejaba sin aliento. Era como si Iris no estuviera presente en la plática. Estaba más concentrada en su aspecto que en ver de qué se trataba la conversación, por lo que, después de un largo rato que me parecieron horas, me despedí cortésmente de ella y volví a la mesa con los adultos.

-¿No te agradó Iris?- preguntó la madre de Any descepcionada.

-Lo siento, pero ella estaba más preocupada por su aspecto, que ni si quiera pensaba en lo que
decía- me disculpé.

Los cuatro adultos soltaron una carcajada.

Entonces, el jefe de mi padre se acercó con garbo a nuestra mesa. Estaba sonriente. Nos escrutó a cada uno con la mirada, sin perder la sonrisa, hasta que un atisbo de decepción asomó en aquellos ojos grises y fríos.

-Señor Sabas, me pregunta dónde está su hija- dijo con vanidad.

La pareja se miró nerviosa, como si desde el principio hubieran sabido que eso iba a pasar. El señor parecía haberse quedado sin habla, entonces la esposa se armó de valor y se irguió en todo su esplendor.

-Ella tenía otros asuntos que atender- dijo encarándolo con fiereza.

-¿En serio?- dijo el jefe con ironía- ¿Asuntos más importantes que éste?

-Sí- contestó la esposa con firmeza.

El rostro del jefe se desfiguró por la ira.

-¿Saben el motivo de esta fiesta?- preguntó amenazante.

Ambos negaron con la cabeza.

Entonces el jefe encaró a toda la comitiva de fiesta, subiendo su tono de voz.

-El motivo de esta fiesta era pedirle la mano a la hija de la familia Sabas, pero, por desconcideración no la trajeron porque "ella tenía asuntos más importantes que atender"-dijo explícito, repitiendo las palabras de la señora Sabas.

Todos en el salón parecían sorprendidos, pero el silencio era sepulcral, todos atentos al alboroto.

El jefe de ambos hombres se volvió con brusquedad.

-Richard, te íbamos a acender. Con tu hija a mi lado te necesitaría más cerca para satisfacerlos de todas las formas- dijo con voz fría.

El señor Sabas y yo bufamos al unísono.

-¡Qué sucio es usted desposando a una joven que a penas cumplirá los dieciseis años! ¡Qué convenenciero y cobarde! Ni aunque me acendiera dejaré que tome a mi hija como su esposa ¿Me ha entendido? Ella elegirá de quien se enamore, no será un matrimonio forzado y mucho menos con un...- calló de golpe antes de continuar- con usted.

La cara del jefe se enrojeció como un tomate.

-¿Cómo te atreves a hablarme de esa manera, Richard?- dijo encolerizado- ¡Soy tu jefe y te mando! ¡¿Entendido?!

¡Ahora resultaba! Sin pensarlo dos veces, me incorporé de mi asiento.

-¿Qué haces, Danny?- susurró mamá temerosa.

Ignoré sus súplicas, plantándome frente al hombre. Y sin más preámbulos, le di un certero golpe en el rostro, provocando una herida sobre su pómulo.

Todos en sala dieron gritos de desconcierto.

Mi madre se incorporó y me tomó de los brazos, evitando que me abalanzara sobre él.

-Y nada más faltaba usted, señor Fontana...- murmuró el jefe entre dientes.

Lo fulminé con la mirada.

-Ambos están despedidos...- se volvió hacia el papá de Any- y que te quede claro, Sabas, ella será mía a como de lugar.

Volví a la realidad de golpe. Mi respiración se había vuelto agitada. Yo la amaba desde que la había visto y a penas me daba cuenta ¡Debía hablar con ella!... pero... antes que nada... debía encontrarla.

jueves, 18 de noviembre de 2010

La larga despedida

¡¡¡Hola a todas!!! jejejeje aquí me reporto recién operada ;) Es un gran inconveniente para mi mano jejejeje pues allí me operaron entonces escribo demasssssssiado lento jejejeje Aún así, tengo los capítulos preparados jejejeje
Les agradezco con el alma :D Los comentarios, siempre me ponen feliz... ver que a las demás les gusta mi historia. Yo también pronto entraré en exámenes jajajaja (Sé más o menos cómo te sientes Zeta, jejeje los exámenes son pesados y me parece que la la frase que pusiste está completamente en lo correcto :D Las mejores cosas pasan cuando menos nos lo esperamos y siempre terminamos preguntándonos ¿Cómo pasó? :S) entonces, quizás sean semanas un poco irregulares con los capítulos, quizás iré diciendo que en lugar de miércoles será jueves o quizás sábado jejeje espero que eso no les moleste :) Muuuchas gracias por todo y aquí les dejo el capítulo.

Juntos caminamos de la mano a la sala de incineración. Danny parecía saberse el camino de memoria. Pero a pesar de todo, tanta tristeza, soledad... sentía aquella chispa. Esa chispa que jugueteaba felizmente entre nuestras manos, brillando cada vez con mayor intensidad. Ambos nos volvimos hacia las manos, chocando con las cabezas.


Empezamos a reír. Me acarició suavemente.

-Lo siento- dijimos ambos al unísono.

Soltamos una carcajada.

-Yo también puedo sentirlo- murmuró Danny presionando dulcemente mi mano.


-Ambos- lo corregí.


Nos escrutamos un momento con la mirada.


Entonces una hermosa sonrisa se dibujó en aquellos perfectos labios. Correspondí con otra.


Empezamos a caminar nuevamente. No pude evitar la tentación de mirarlo de reojo. Me sentía tan afortunada de que él me quisiera. Aún no podía asimilarlo correctamente. Aquella sensación de cosquilleo que recorría mi cuerpo cada vez que lo miraba, aquella sonrisa cada vez que pronunciaba una palabra. Él era perfecto. Tan conciderado, tan observador, persuasivo.


Entonces llegamos a nuestro destino. Danny paró y se volvió a mí. Parecía que la duda lo embarga nuevamente.


Respiré hondo y acaricié su mejilla, intentando infundirle valor. Aquel era el momento en el que se despediría de su madre. Sería la última vez que la vería... sentí aquel dolor punzante en el estómago. Automáticamente coloqué mi mano libre sobre él y presioné con suavidad.


-Danny- susurré- No la perderás para siempre.


Una sonrisa pícara se dibujó en su rostro.


-Eso espero- murmuró respirando hondo- gracias, hermanita.


Me dio un suave beso en la mejilla, que provocó que me ruborizara. Entonces, con la mano libre,
giró la perilla de la puerta y abrió.


La mujer estaba tendida en una mesa, envuelta en sábanas blancas, lo único que se veía de ella era su hermoso color de piel. Un marfil pálido que brillaba a la luz del Sol que se filtraba por la ventana. Sus labios tenían un rosado hermoso y reluciente, como si se hubiera maquillado para la ocasión, una bella sonrisa recorría su rostro, marcando sus pómulos, donde se proyectaba la sombra de sus largas pestañas y sus párpados cerrados, sin presión, con suavidad. Parecía un ángel dormido, incluso su cabello, de un color castaño fuerte, colocado de forma de avanico
alrededor de su rostro.


Danny presionó mi mano, intentando contener el dolor que le oprimía el pecho, aumentando mi dolor de estómago, provocado por aquel vacío interminable que lo único que mantenía era un sufrimiento invisible pero palpable.


Fabián y su padre observaban a la mujer inerte con un gran respeto, pero a la vez con una expresión melancólica. Era como si esperaran que en cualquier momento se despertara del sueño que parecía agradable por su sonrisa.


Dos doctores nos observaban con pesar desde una recóndita esquina de la habitación, seguramente esperando a que la familia diera la señal.


Me volví hacia Danny y lo escruté con la mirada.


-Es la última vez que la verás en cuerpo- le recordé dándole un pequeño emujoncito para que se
despidiera por segunda vez.


Vaciló por un momento antes de soltar mi mano y acercarse a su hermano y a su padre. Uno a uno le dieron un beso en la frente y silenciosamente, Fabián hizo un seco asentimiento de cabeza a los doctores, que de tres zancadas llegaron frente a la mamá.


Contuve el aire.


Entonces, repentinamente la mujer se prendió en llamas y no pude ver más su rostro. Busqué a Danny con la mirada, pero sus hermosos ojos verde esmeralda ahora estaban iluminados fieramente con las llamas, que no dejaban de chisporrotear.


Uno de los doctores abrió una puerta que daba al patio, dejando que el humo del fuego saliera, pues ya empezaba a sofocarme.


Era como si Danny pudiera ver cómo su madre se consumía a cada momento, hasta que despues de unos largos y dolorosos minutos las llamas terminaron por ser apagadas y no quedaron más que cenizas. Fueron metidas a una hermosa caja de plata con pequeñas incrustaciones de esmeralda. Ni una sola ceniza quedó fuera de la caja, que parecía acolchada de tela roja.


Una única lágrima, cargada de todo el dolor que ya nos oprimía a ambos se desbordó por la mejilla de Danny hasta quedar atrapada en su mentón. Me acerqué lentamente y se la quité con suavidad.


Intercambiamos una larga y significativa mirada. Él quería estar sólo.


Asentí lentamente ¡Era de esperarse! Y no lo iba a contradecir.


Acaricié su mejilla por segunda vez. Bajé el brazo a mi costado, algo dudosa. Y viendo hacia el piso di media vuelta y con un fugaz movimiento de mano me despedí de Fabián y de su padre
antes de salir de la habitación cerrando la puerta tras de mí.


Caminé por los pasillos desiertos, y sin poder evitarlo más me recargué en la pared y me derrumbé lentamente hasta que mi cabeza quedó entre mis rodillas.


Confundida era como me sentía. Lo amaba, pero sentía dolor, un dolor que oprimía mi pecho y mi estómago. Recordándome al vacío. Sólo él me hacía sentirme de esa manera. Nunca nadie me había hecho sentir así, tanto dolor, que no podría soportarlo más. Como si nuestro dolor se hubiera unido. Pero por otro lado ¡Cuánto deseaba haberme quedado a su lado! Pero él necesitaba tiempo, debía recuperarse.


Me sobresalté al sentir una mano helada y gélida sobre mi hombro. Levanté la cabeza y vi a tres hombres completamente vestidos de negro acorralándome contra la pared. Me incorporé de un salto, sacundiendo la mano del hombre.


Los fulminé con la mirada.


-¿Qué quieren?- pregunté desafiante.


Uno de ellos soltó una carcajada.


-Tienes una cita pendiente, linda ¿No lo recuerdas? Supongo que como estaba tan oscuro aquella
noche no pudiste ver mi rostro con claridad... o quizás no me reconoces porque ahora tengo una cicatriz en el rostro por cortesía de tu noviecito...- dijo con desdén.


Maldije para mis adentros ¡Para colmo! Mateos seguía queriendo que fuera su esposa...