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domingo, 26 de febrero de 2012

Esclavos de las sombras (Parte 3/3)

Ésta ya es la última parte de "Esclavos de las sombras". Quería publicarla antes de irme a mi práctica social, pero ya vieron que tuve problemas con el Internet y no pude publicar desde antes. Por lo mismo, no he podido pasarme por los blogs de casi nadie -_- Entonces, por favor, discúlpenme, que ahora (Gloria cantan en los cielos, los arcángeles de Dios :P hahahaha) ¡¡¡YA TENGO EL INTERNET DE VUELTA!!! Intentaré ponerme al tanto ;) Espero que les guste el final, porque yo no terminé muy convencida, pero relato es relato y me puse límite. No más de 20 páginas hahahaha y llegamos a las 21 si bien recuerdo, entonces, ya no podía pasarme.


Escuché sus cubiertos chocar contra el plato y el sonido de la comida al masticarla. La dejé disfrutar tranquilamente, intentando no mirarla, porque estaba seguro que me causaría náuseas.

Pasaron los minutos. Tomé otro trago de la copa, pensando en lo absurdo que era codiciar a una humana para tu novia y terminar tan confundido como lo estaba yo ahora. Contaba las cartas que me quedaban para jugar. Ya tenía una meta. Para el final de la noche debía tenerla lista para llevármela. Ella debía decir el sí definitivo, porque, por como veía las cosas, esto iba a tardar más de lo que me hubiera imaginado.

-¿No tienes hambre?- me preguntó, sacándome de mi ensimismamiento.- ¿Es cierto que Amidala y tú están a dieta?

Sonreí. Esta vez no le mentiría.

-No, pero no nos gusta la comida de aquí- ¡Que nadie negara que estaba diciendo la verdad!

Me volví hacia ella. Comió un bocado. Mis tripas se revolvieron. O bueno, si a lo que tenía allí dentro se les podía llamar tripas. Hice un esfuerzo por no soltar una exclamación de asco. Dejé mi copa sobre la mesa y me masajeé el puente de la nariz con el dedo índice y el pulgar. La vi meterse un segundo bocado, pero intenté concentrarme en sus movimientos suaves y sus mejillas sonrosadas. Así era pasable y podría verla a los ojos.

-¿Entonces qué les gusta comer?- preguntó después de tragar.

Me encogí de hombros.

-En casa sirven muy buena comida- contesté restándole importancia al tema.

Sofía me miró con curiosidad.

-¿Vivían juntos?- quiso saber.

Asentí con la cabeza.

-¿En qué clase de casa vivían?

Sonreí para mis adentros.

-Es enorme. Los padres de Amidala son reyes de un pueblo llamado Merkator. Tiene sus privilegios.- contesté con especial cuidado en no meter la pata.

Su rostro mostró sorpresa al tiempo que comía un bocado más. Hacía quinientos años que no comía nada, quizás por eso le tenía cierta aversión.

-¿Puedo probar?- pregunté sin pensarlo.

Sofía pareció más sorprendida que antes. Pero finalmente sonrió y me acercó el tenedor a la boca. Vacilé antes de continuar.

Me quedé con el bocado sin saber qué hacer ¡¿Por qué lo había hecho?! Por un momento me dio pavor tragarlo, pero terminé cediendo y después de masticar con tosquedad, tragué con dificultad.

Sofía estalló en carcajadas.

Fruncí el ceño.

-¿Qué?- protesté.

-¡Parece como si no hubieras masticado desde hace años!- exclamó entre risas.

Me limité a mirarla con seriedad, esperando a que se tranquilizara. Y cuando lo hizo, se limpió las lágrimas de los ojos, mientras me encaraba.

-¿Pasable, caballero?- bromeó.

Sonreí de oreja a oreja.

-No estuvo mal- admití.

Ella tomó el tenedor y me lo ofreció.

Suspiré ¿Pasaría por el mismo martirio?... Al menos así era una coartada más creíble. Abrí la boca y Sofía me metió el bocado. Esta vez reí quedamente. Obviamente tenía que practicar ese punto.

Entonces la pista de baile en el centro del restaurante se iluminó, y un hombre con un micrófono se dirigió al público en general.

-¡Están todos invitados a la pista!- exclamó al tiempo que un par de parejas se levantaban de las mesas.

Había olvidado el pequeño detalle de que todavía estábamos rodeados de humanos… Volví la mirada hacia la ventana de nuevo. Era por eso que Amidala y yo no nos quedábamos tanto tiempo en el restaurante. Me crucé de brazos.

-Señor ¿Me da permiso de bailar con su dama?- preguntó alguien detrás de mí.

Me volví lentamente. Un muchacho le ofrecía la mano a Sofía a pesar de que se dirigía hacia mí. Ambos me miraron con la interrogación dibujada en el rostro.

No estaba completamente de acuerdo con la idea, en realidad, aquella pregunta me irritó.

-No- contesté con brusquedad.

Sofía rodó los ojos antes de tomar la mano del muchacho. El chico me lanzó una mirada dudosa antes de llevar a mi pareja a la pista. Los miré alejarse y me sentí más molesto que antes. Odiaba que los humanos fueran tan envidiosos. Los miré tomarse de ambas manos y bailar mientras se sonreían el uno al otro. Y de repente me pareció tan injusto ¡¿Tan rápido le entregaba la confianza al chico?! ¿Qué tenía él que no tuviera yo?

Maldije en voz baja.

Estúpidos sentimientos humanos. Pensaba que ya habían desaparecido todos de mí ¿Eran celos los que estaban aflorando en mí? ¡Pero es que ella le estaba sonriendo con tanta naturalidad! Era lo que yo llevaba buscando desde hace dos horas. Y él lo conseguía en menos de un minuto. Era una amenaza para mi tarea. Pero me quedé sentado sin perderlos de vista, debatiéndome entre ir a pararlos o esperar a que Sofía volviera. Si la primera canción fue insoportable, la segunda fue peor. De ésas que había que bailar pegaditos… Pero qué cerdo, tenía las manos sobre la cadera de Sofía, cerca de sus pompas. Mis manos empezaron a temblar, al tiempo que me prometía que si Sofía se seguía dejando tocar de aquella manera, intervendría.

Entonces ella le susurró algo al oído y lentamente se separaron. Pero el alivio no llegó tan rápido como hubiera esperado, porque le dio un beso en la mejilla, peligrosamente cerca de los labios.

Sofía vino en mi dirección.

La miré de pies a cabeza con rabia.

...

Su mirada me asustó sobremanera. Parecía molesto… ¿Había sido un error haber desobedecido su no?

Intenté sonreírle, pero no recibí ninguna sonrisa por su parte. Al quedar frente a él, extendí mi mano.

-¿No bailas?- murmuré.

-No- contestó con frialdad.

Fruncí el ceño.

-Me parece que vivir con una hija de la realeza te ha afectado la cabeza, Alan.- repuse molesta- No te hagas del rogar.

Alan bufó y se tomó el último trago de su copa.

-No me hago del rogar. Vámonos- dijo incorporándose.

Verlo erguido me desconcertó. Había olvidado lo alto que era. Y con esa mirada, su aspecto era intimidante.

-Baila conmigo- insistí débilmente.

Se acercó peligrosamente a mí, fulminándome con la mirada.

-Ya dije que nos vamos.

Negué con la cabeza.

-No hasta que bailemos.- repetí.

-Pero si eres terca…- murmuró al punto de la cólera.

Por un momento tuve miedo de que sus pupilas se volvieran a dilatar.

-Sólo una canción- supliqué, aunque no fui capaz de tomarlo de la mano y jalarlo a la pista como hubiera deseado- eres un bebé.

-Pues vuelve con tu parejita para que te siga toqueteando- repuso sarcástico.

Sus palabras me tomaron por sorpresa.

-Pero si tú eres mi pareja…- murmuré entendiendo por dónde iba la cosa.

Su mirada se suavizó al tiempo que se alejaba unos pasos de mí.

-Vámonos, Sofía.

-Estás celoso…- lo acusé, ignorando sus palabras.

Él frunció el ceño y soltó una carcajada.

-¿Yo?- soltó sin parar de reír- ¿Celoso por una humana como tú?- continuó enfatizando el “tú”.

Aquellas palabras me dolieron más de lo que debían.

Guardé silencio, sin saber cómo tomar aquella respuesta ¿Alguien como yo? ¡¿Y me querían ignorando el desprecio en la palabra “humana”?! Me di cuenta del error que estaba cometiendo en aquel momento ¡Nunca debí haberle dado una segunda oportunidad! ¡En realidad nunca debí haber aceptado salir con él!

Mis ojos se anegaron de lágrimas, mientras tragaba saliva con dificultad.

-Estaba funcionando- solté molesta- ¡Maldita sea! ¡Parecía que todo saldría bien!- lo fulminé con la mirada mientras las lágrimas resbalaban por mis mejillas- casi podía decir que era una cita…- tragué saliva- perfecta… ¡Pero tú sigues actuando como el rey de no sé qué! ¡¿Y eres el único que se puede molestar?! ¡¿A qué juegas Alan?!

Abrió la boca para contestar.

Sacudí ambos brazos y continué.

-Sabía que era tu segunda opción, como habías terminado con Amidala. Sólo que… algo en mí decía que podía ser real lo que estaba pasando aquí… pero llego y me tratas como si fuera una cualquiera. Porque no pienses que no me he dado cuenta, no soy la primera que has traído aquí ¿Y sabes qué? no seré tan estúpida como todas las demás. No cuentes con una tercera oportunidad, Alan.- concluí tomando mi bolsa y saliendo del lugar.

Varias miradas se posaron sobre mí cuando crucé la pista de baile, pero a duras penas podía ver por dónde caminaba, pues mis ojos eran un mar de lágrimas. No era la primera vez que me lo hacían ¡Ya estaba harta de ser siempre la segunda opción! Y aunque una parte de mí deseaba que Alan corriera detrás de mí y negara mis palabras, pude ver con decepción cómo se quedaba parado junto a la mesa, inmóvil, mirando hacia la ventana.

Bufé. Era un deseo tonto.

El frío de la noche me cayó como un balde de agua fría cuando salí del restaurante. Limpié mis lágrimas mientras caminaba hacia delante buscando mi celular en el bolsillo.

-Siempre lo mismo…- susurré para mí misma.

Estaba tan concentrada en mis pensamientos, que mis pies tropezaron con la banqueta y me precipité hacia delante. Mis músculos se tensaron, a sabiendas de que la caída sería dura y fría. Pero antes siquiera de que mis manos pudieran reaccionar, unos cálidos brazos me tomaron por la cintura, salvándome del golpe.

Esperé tres latidos antes de volver a tomar aire y tragar saliva, al tiempo que me volvía lentamente hacia mi salvador.

Alan me miró inexpresivo. Aquello me desconcertó. Ni enojo, pero tampoco burla. Se limitó a observarme con atención, mientras me ayudaba a recuperar el equilibrio.

Guardamos silencio.

Otra vez estaba haciendo lo mismo, me tenía atrapada con la mirada. Sus ojos negros me calaron hasta el alma. Estaban fijos sobre los míos, como si esperaran una reacción.

Mis músculos permanecieron tensos, pero las lágrimas volvieron a mi rostro.

-Alan, por favor, tengo que irme- dije con un hilo de voz.

Él negó con la cabeza, respirando su aliento sobre mi rostro, dejándome entonces abrumada.

-Te mostraré quién soy…- sentenció- Te lo mostraré, pero recuerda que si sucede algo, estabas prevenida.

Su voz provocó que un escalofrío cruzara mi cuerpo entero. Mis latidos estaban acelerados. No sólo por el hecho de la cercanía entre ambos, sino por la idea de que hacía unos segundos él había llegado en el momento exacto que estaba a punto de caer y me había detenido antes del golpe. Aquello ya levantaba mis sospechas y lo que percibía en su voz era que yo era libre de decidir si me quería quedar o si me quería ir. El problema era que mi curiosidad había ganado.

Mis labios no fueran capaces de articular ninguna palabra, pero mi cabeza hizo el trabajo, asintiendo lentamente.

Alan hizo una mueca de disgusto. Como si temiera por mí. Y finalmente, me soltó y colocó su chaqueta alrededor de mis hombros. Su roce me quemaba.

Soltó un hondo suspiro antes de bajar su brazo con extremada lentitud hacia mi mano, como si calculara cada movimiento, y entrelazar nuestros dedos. Mis nervios se dispararon y mis mejillas se pusieron rojas al contacto de su piel.

Él apretó suavemente mi mano antes de cruzar la calle conmigo y acercarse al rascacielos. Sacó una llave de su bolsillo y abrió la puerta del gigantesco edificio que se erguía frente a nosotros… me pregunté si viviría allí. Pero mi cerebro estaba demasiado lento para atar cabos. No podía dejar de percibir su mano sobre la mía y el aroma de su chaqueta. Subimos pisos y pisos sin detenernos. Mis piernas empezaron a dolerme conforme seguíamos subiendo, pero no me quejé en voz alta, porque temía que mi debilidad hiciera que él se retractara y tuviéramos que volver. Y ensimismada en mis pensamientos, recordé su pregunta en el restaurante: “¿Y qué harías si yo fuera un ser del infierno?” ¿Habría ido en serio la pregunta? ¿Era él en realidad un ser del infierno? Porque en realidad su carácter, su forma de mirar, su forma de moverse y su desprecio por “una humana como yo” eran pruebas contundentes de que él no fuera precisamente un humano. Pero al hacer aquel descubrimiento, sorprendentemente no sentí miedo junto a él. En realidad su tacto seguía quemándome como al principio. Y en lugar de sentirme insegura a su lado, me sentía bien. Me sentía cálida. Por un instante me sentí eufórica, curiosa, pero en lugar de pararlo para bombardearlo de preguntas, me dejé llevar. Seguimos subiendo escalones, hasta que llegamos frente a una puerta y Alan sacó nuevamente las llaves.

Respiré con dificultad, agradeciendo el pequeño descanso.

La puerta se abrió, dando paso a la brisa helada de aquella noche. Salimos a la luz de la luna, a la azotea del edificio. Fácilmente se podía ver el gigantesco parque de la ciudad de un lado y los techos estilizados de las casas al otro lado. Incluso pude reconocer el local del café. Quedé maravillada.

Pero cuando me volví para compartir el momento con Alan, me di cuenta de que había soltado mi mano y había desaparecido.

Me alarmé, buscándolo insistente con la mirada ¡¿Se habría ido?!

Entonces lo encontré recargado disimuladamente en la pared contraria a la puerta. El alivio me invadió lentamente.

Caminé hacia él, pero él extendió una mano, con ademán de que parara.

Lo obedecí sin rechistar.

Los segundos pasaron, largos, sin interrupción. Ambos, parados en la misma posición, esperando por algo. Mis sentidos empezaron a ponerse alerta, porque en realidad no sabía qué esperar, sólo esperaba a petición de él.

Y cuando empezaba a perder la noción del tiempo, finalmente Alan caminó hacia la orilla y saltó sin dificultad a la barda, que era la mitad de grande que yo para separarnos del precipicio.

Mi corazón se aceleró ¡¿Qué pretendía?! Se inclinó tanto hacia la calle a más de doscientos metros hacia abajo, que solté un gritito ahogado ¡¿Se quería suicidar?! Los segundos parecieron eternos mientras él se colocaba en cuclillas y miraba la luna, hermosa y gigantesca, erguida con orgullo en el cielo. Mis músculos se tensaron al percibir cómo se quitaba la camisa, dejando a la vista una espalda escultural que me robó el aire por completo. Lo único que no encajaba allí, era que estaba manchada, de un negro que se extendía como cardenales por toda su espalda, como si lo hubieran golpeado. Me cubrí la boca con ambas manos.

Entonces ocurrió el milagro.

Cayeron dos plumas finas al suelo, al tiempo que unas alas gigantescas se iban formando, creciendo un poco más a cada segundo en donde antes estaban los cardenales negros ¡Eran tan hermosas! Negras como el azabache y gigantescas. Tan grandes como yo. Nunca en mi vida había visto nada igual, incluso llegué a preguntarme si en realidad todo esto era un sueño ¿Tenía un ángel frente a mí?

...


Mi respiración era agitada, corrí entre la gente en el andén, mirando continuamente hacia atrás, esperando que no me estuviera siguiendo. Debía huir, nada había salido como debía.

Yo… pensaba que la amaba. Pero era un peligro ¡Tenía que esconderme! ¡Mudarme! ¡Ya ningún lugar era seguro!

Suspiré con alivio, cuando, buscándola entre la muchedumbre, no la encontré. Abriéndome paso entre la gente, me dirigí hacia el baño. Al llegar a las escaleras, el lugar estaba despejado, no había más gente. Las bajé, intentando tranquilizar mi respiración, reprochándome por lo estúpido que había sido. Ella había sido como un sueño, tan hermosa, tan perfecta… pero había caído en sus redes. Aquello era lo que más me dolía.

Continué bajando con desgana, hasta que llegué frente a dos puertas. El tumulto de la gente era lejano, como un murmullo.

Entré al baño y me dirigí hacia los lavabos. Pero de repente el silencio me pareció demasiado peligroso. Me miré al espejo y solté un grito. Ella sonrió con malicia ¡Había poseído mi reflejo! Me observó en silencio. Esos malditos, pero perfectos ojos me observaban. Retrocedí hacia la puerta, cuando recuperé mi reflejo, que me miraba asustado. Ella estaba junto a él.

Miré desorientado hacia ambos lados… Seguramente estaba alucinando. El baño seguía desierto.

Respiré con dificultad, limpiándome el sudor de la frente. Me precipité hacia la puerta, pero cuando intenté abrirla, ésta no cedió. Golpeé la puerta con ambos puños, descargando mi rabia y mi frustración.

-¡Amidala!- grité rabioso- ¡Déjame ir!

Finalmente la pude ver de frente. Me sonrió con dulzura, pero aquella dulzura se me antojaba amenazante. Rehuí al peligro y corrí de vuelta a los lavabos.

Ella frunció el ceño, acercándose con sigilo hacia mí.

-Eres mío, Alan. Tú mismo lo dijiste. Tu sombra me pertenece. Tu cuerpo ya no sirve de nada- dijo con voz melosa al tiempo que sacaba un cuchillo de su cinto.

Negué con la cabeza.

Ella sonrió al tiempo que se acercaba lo suficiente como para acariciar mi brazo.

-¿No me amas?- murmuró atrapándome con la mirada.

Tragué saliva. Las gotas de sudor recorrieron mi rostro. Inevitablemente mis ojos miraron el cuchillo.

-Amidala, te amaba al infinito.- contesté lentamente- Pensé que los dos estábamos de acuerdo en que cada uno podía vivir la vida a su manera. Pero me engañaste… no me amas.

Ella acercó sus labios a los míos. Y a pesar de todo, seguía disfrutándolo. Era como una ponzoña para calmar mi dolor y mi miedo.

-Sólo puedes vivir la vida a tu manera, cariño, cuando estás vivo.- me susurró suavemente- Te amo como a nadie y por eso quiero que seas completamente mío.- se disculpó antes de sentir cómo el cuchillo se encajaba sobre mi corazón.

No tuve tiempo de protestar. Lo último que pude percibir, fueron sus labios sobre los míos.

-¿Eres un ángel?- escuché su dulce voz detrás de mí.

Sonreí con ironía.

-No- me limité a contestar, mirando los autos en la calle- Y nunca podré serlo.

Escuché sus sigilosos pasos caminando hacia mí, pero la dejé, dejé que saciara su curiosidad.

Sentí sus manos acariciar mis plumas y por primera vez en cuatrocientos años, un agradable escalofrío cruzó mi cuerpo entero.

-Imposible- murmuró.

Mi sonrisa se ensanchó al tiempo que me volvía. Pero me percaté de que había sido un movimiento muy rápido, porque Sofía dio unos cuantos pasos hacia atrás, con el miedo dibujado en el rostro.

Rápidamente negué con la cabeza y extendí mi mano.

-Lo siento…- me disculpé- a veces olvido que debo moverme más lento.

Ella dudó antes de acercarse a mí y tomar mi mano con cautela. Su tacto calentó mi piel. Los humanos estaban llenos de energía… ¿O era por algo más?

-¿Qué…- tragó saliva antes de continuar- qué eres?

Ya lo veía venir.

-¿No tienes miedo?- contesté con otra pregunta.

Sus ojos se iluminaron. Ella negó rápidamente con la cabeza, al tiempo que se acercaba un poco más a mí y acariciaba mi brazo ¡Quién hubiera pensado que en aquel instante, aquello era lo que más anhelaba, sentir sus suaves y pulcras manitas sobre mí! Es que así las veían mis ojos. Demasiado vulnerables, fáciles de romper.

-En realidad…- murmuró más concentrada en sus movimientos.- Quiero asegurarme de que esto no sea un sueño.

Reí quedamente, pero manteniéndome inmóvil, para que pudiera seguir con su inspección.

-No te creo- comenté.

Ella me miró con el ceño fruncido.

Sonreí con picardía.

-No digamos que seas la octava maravilla del mundo…- repuso a la defensiva.

Solté una carcajada. Desafiándola con la mirada. Ella me encaró por un instante. Sus mejillas se sonrojaron. Sonreí con suficiencia.

-¿Hay más como tú?- preguntó repentinamente seria, parando repentinamente sus caricias.

Suspiré, al tiempo que saltaba hacia delante, cayendo frente a ella. Me erguí lentamente hasta que la diferencia de tamaños era notable. Para mis ojos ella seguía siendo chiquitita, de un carácter fuerte y curioso, pero muy vulnerable.

-Te sorprenderías…- contesté lentamente.

Era hora de poner el plan en marcha… ¿O debía dejarla ir?

...


Quedé abrumada por tanta perfección. Era un abdomen escultural y perfectamente formado. Aunque no eran músculos exuberantes, estaba maravillada, porque ¡Sí! ¡Aquello era demasiado perfecto para ser real!

Lo busqué con la mirada. Sus ojos me parecieron repentinamente tristes.

-Soy un ángel caído. O bueno, soy esclavo de uno.- contestó finalmente a mi pregunta.

Me tomó completamente desprevenida. Mis ojos se abrieron como platos. Él parecía tener un debate interior. Su mirada se perdió en algún punto, cargada de dolor.

Dudé antes de extender mi mano y acariciar su mejilla con dulzura. Era una piel tan suave y tersa.

Una pequeña sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios, pero sin que la felicidad le llegara a los ojos. Me encaró.

-Gracias, Sofía. Gracias por haber aceptado salir conmigo- dijo lentamente, dejándose interrumpido al último instante.

-¿Qué sucede, Alan?- pregunté confundida.

Él tomó suavemente mi mano y la acaricio.

-Me mandaron aquí con un propósito.- comenzó con cautela- Debía enamorarte y hacerte una pregunta.

Fruncí el ceño. Después de todo lo que había visto, ya nada podía sorprenderme tanto.

-¿Una pregunta?- lo incité.

Él asintió con la cabeza.

-¿Confías en mí?

Mis latidos se aceleraron. No supe qué contestar. Temerosa de que la respuesta pudiera afectar en algo.

Tragué saliva antes de asentir con la cabeza.

Él bufó molesto.

-Pues no deberías- contestó fríamente.- Es un error.

-No entiendo.- murmuré indignada.

Estábamos tan cerca el uno del otro, que su nariz casi rozaba la mía, al tiempo que su cálido aliento me tenía abrumada. Sus ojos me atraparon de nuevo.

-La verdadera preguntas es si irías conmigo a un lugar especial si yo te lo pidiera.

Me dispuse a contestar, pero el colocó inesperadamente un dedo sobre mis labios.

-Sería demasiado estúpido que contestaras que sí- me interrumpió siseando- Sería tu fin. Cualquiera que te pregunte eso tiene un derecho secreto sobre ti, porque te entregas a esa persona.

De repente mis ojos se anegaron de lágrimas ¿Pero qué rayos me sucedía? Quizás me estaba cayendo el veinte de que todo era un engaño. Y que él sólo estaba haciendo esto para llevarme a “un lugar especial”.

-¿Entonces todo es falso?- sollocé.

Él no contestó. Retiré mi mano de su mejilla, pero él rápidamente reaccionó y apretó mi mano con fuerza.

-Acabo de descubrir que el plan salió al revés, Sofía.- confesó sonriendo dulcemente- creo que yo me enamoré de ti.

Lo escruté con la mirada, buscando algún atisbo de burla en su rostro, o alguna señal de que todo aquello fuera mentira. Pero sus ojos relucían, confirmando sus palabras.

-Desde que me llevó Amidala a los confines de la tierra, perdí mi corazón.- dijo con voz rabiosa- Y olvidé que alguna vez fui humano. Y los odié a todos por ser lo que yo alguna vez fui. Pero, de repente, estando contigo, me vuelvo a sentir humano. Volví a comer después de tanto tiempo y sentí celos- rió quedamente, como si sus propias palabras le hubieran causado gracia- Creo que al principio fue falso, pero tu teoría la he comprobado en este momento. Creo que sí hay chica correcta.

Sonreí conmovida mientras la lágrimas recorrían mis ojos, pero, ahora, en lugar de lágrimas de decepción, eran de felicidad.

Me paré de puntitas y dejé que sus labios chocaran con los míos. Fue un choque dulce, pero apasionado. La sensación fue más fuerte y perfecta de lo que esperaba. Sus labios se movían al ritmo de los míos, perfectos, con un sabor perfecto que me derretía por dentro, haciendo que deseara que el momento nunca terminara. Me pegué un poco más a él, sintiendo cómo sus brazos rodeaban mi cintura y me abrazaban con fuerza. No pude evitar poner mis manos alrededor de su nuca y sentir su dulce sabor en mi boca. Hipnotizada por aquel movimiento escurridizo.

Pero finalmente nos separamos con la respiración acelerada.

Sonreí, mientras limpiaba mis lágrimas y señalaba su frente.

-El corazón está aquí arriba, Alan. Tú decides tus acciones y si quieres ver las cosas como buenas o malas.

Besé su mejilla con extremado cuidado. Disfrutando del instante. Sentí cómo sus músculos alrededor de mi cintura se tensaban.

-Puede que vinieras con malas intenciones pero resultaste más bueno que malo ¿No lo crees?- comenté sonriéndole con complicidad.

Él correspondió mi sonrisa al tiempo que miraba hacia otro lado.

-Sigo siendo malo… Sofía.- murmuró con sufrimiento.

Negué con la cabeza.

-Para mí eres como un ángel- contradije.

Él soltó una carcajada.

-Sí, porque para ti los buenos son los malos y los malos son los buenos- repuso burlón.

Frunció el ceño.

-Creo que no me has entendido del…

-¿Te llevo a casa?- me interrumpió.

Sus alas se agitaron levemente. Lo miré incrédula.

-Te refieres a que…- tragué saliva- ¿Me llevarás volando?

Me sonrió radiante.

-No me diga, señorita, que nunca ha volado.- dijo con sorna.

Sacudí la cabeza.

-En un avión, claro… pero… quiero decir ¿Y si pesara mucho y te cayeras?- repliqué con una nota de terror en la voz.

Él rió a carcajadas, mientras me tomaba entre sus brazos como a un bebé.

-No seas miedosa- murmuró al tiempo que corría hacia la barda y saltaba de improvisto.

Sentí como mariposa en el estómago, al tiempo que el viento helado me golpeaba como una cachetada en el rostro. Ni siquiera me salió la voz para gritar. Llegamos casi al límite, parecía que chocaríamos contra la calle cuando las alas de Alan se agitaron milagrosamente y nos elevamos en el cielo.

No supe si reír o llorar. Era una sensación vertiginosa, pero me sentía libre. Quién sabe si era por el viento, que, a causa de la velocidad, seguía golpeándonos con la misma intensidad, o por la idea de que hubiera miles de casas y autos a mis pies. Me aferré al cuello de Alan, acurrucándome en su regazo. Debía admitir que entre sus brazos me sentía segura.

-Vives a unas cuantas cuadras después de la cafetería ¿Verdad?- me preguntó Alan, mirando hacia el suelo.

Asentí con la cabeza.

-¿Podrías decirme exactamente dónde?- continuó.

Descubrí lentamente mi rostro y reconocí el local bajo nosotros. Las mariposas se volvieron más fuertes al tiempo que me sentía mareada.

-La primera calle a la derecha, el número 38- murmuré.

La suerte era que mi edificio tenía balcón, así que tendríamos dónde aterrizar.

-Es el último piso- dije aún mareada.

Aunque el aire sirvió para calmar mis nervios, cuando escuché que los pies de Alan tocaron tierra, me aferré más a él.

-Sofía…- murmuró- ya llegamos.

-Creo que voy a vomitar.- confesé.

Él rió al tiempo que dejaba mis pies sobre el suelo. Recargué mi cabeza en su duro pecho desnudo y cerré los ojos, respirando hondo. Sentía también su respiración, acompasada, rítmica, a pesar de que él ya no tuviera corazón.

Él se limitó a acariciar suavemente mi torso. Nos quedamos así por largo rato.

-Pronto va a amanecer- avisó.- será mejor que me vaya.

Suspiré, deshaciéndome de su abrazo.

Al encontrarme con su mirada, tuve la sensación de que aquella era una despedida definitiva.

-¿Nos veremos mañana en el café?- pregunté alarmada.

Él respiró hondo, acomodándose el flequillo con nerviosismo. Dio unos pasos hacia atrás.

-No creo que nos volvamos a ver, Sofía, es demasiado peligroso para ti.- contestó lentamente.

¡¿Qué?! ¡¿No volverlo a ver?!

-¡Pero todo pasó tan rápido!- exclamé dolida.

-Y no debió pasar, lo siento- se disculpó con pesar.

-No quiero- me negué- no quiero, quiero volverte a ver.

-Pero si eres terca…- murmuró con dulzura- mejor descansa- musitó acercándose a mí y dándome un beso en la frente.

Coloqué mis manos sobre sus mejillas y lo obligué a mirarme a los ojos.

-Alan, esto no puede terminar así- dije con la voz quebrada.

Él tomó mis manos y las besó.

-Es lo mejor. No quiero que caigas en la misma condena que yo- se excusó.

Pero aún así, sus palabras no me tranquilizaron.

-Quizás tú no me volverás a ver…- continuó, al tiempo que me guiñaba un ojo- pero yo a ti sí.

-Eres egoísta- me quejé.

Sonrió divertido, al tiempo que acallaba mis quejas con un último beso. Mis piernas temblaron ante su fuerza. Sentí cómo la sangre subía a mis mejillas y los latidos de mi corazón se aceleraban. Parecía que recibir beso suyos era algo a lo que nunca me podría acostumbrar.

Y cuando se separó de mí, mis labios todavía anhelaban los suyos, pero no pude más que murmurar un adiós, al tiempo que se alejaba de mí y se lanzaba al suelo, pero, como siempre, antes de caer, sus alas parecieron reaccionar como de milagro y llevarlo tan lejos como las nubes. No quité mi mirada de aquel punto negro en el horizonte, donde asomaban los primeros rayos de Sol. “Sería demasiado estúpido que contestaras que sí. Sería tu fin.” Pero, de repente, por estar junto a él, deseaba haber dicho sí.

Pasó el tiempo.

Nunca lo volví a ver. Pero supe que tenía mi ángel de la guarda personal y único en su especie, cuando un día, apareció una pluma negra en el balcón. Entendí entonces a qué se refería con que él sí me volvería a ver.

jueves, 2 de febrero de 2012

Esclavos de las sombras (Parte 2/3)

Bueno, Bloggeras, soy breve porque voy un poco apurada ;) ¡Pero ya vamoos con la siguiente parte del pequeño relatoo! hihihihi Alan y Sofía son un desastre juntos, pero bueno hahaha al menos me divierto escribiendo con ellos hahaha :P ;) Esperoo que les guste ¡Comenten, chicas!


Miré el reloj por cuarta vez ¡Ya iba seis minutos tarde! ¡¿Qué la hacía demorar tanto?! ¿No le había dicho que a las ocho y cuarto? ¡Era por eso que los humanos me sacaban de mis casillas! Amidala nunca hubiera hecho aquello.

Entonces noté movimiento dentro del local.

Suspiré al tiempo que me recargaba en la pared y me cruzaba de brazos ¡A penas se estaban despidiendo! Esto iba a tardar un poco más. Miré el suelo, mientras me recordaba que todo esto era por mi chica. Tenía que soportar la demora y la torpeza humana por mi chica.

-¿Planeaste algo en especial, chico desconocido?- preguntó una dulce voz, sacándome de mis ensoñaciones.

Rápidamente levante la cabeza y me encontré con sus ojos verdes, cargados de inocencia.

Entonces la escruté con la mirada de pies a cabeza y supe que haber esperado tanto había valido la pena. Se veía…

Sacudí la cabeza y desvié la mirada. Riéndome para mis adentros de mí mismo ¡Yo! ¡Elogiando a una humana! ¡Por favor!

-Por supuesto- contesté finalmente, extendiendo mi mano.

Pero para mi desconcierto, ella negó con la cabeza y regresó suavemente mi mano a mi costado.

-No te aceleres Romeo, que, para serte sincera, no confío nada en ti- dijo repentinamente seria.

Sonreí divertido. No era tan inocente como creía… Pero eso sólo le daba más diversión al juego.

-Eso ya lo veremos al final de la noche- bromeé indicándole que me siguiera, aunque aquellas palabras iban en serio.

Empezamos a caminar por la oscura banqueta a duras penas iluminada por un farol en la esquina.

Guardamos silencio, escuchando tranquilamente nuestros pasos. Pronto ya doblábamos hacia la derecha.

-Increíble que la cuidad esté tan silenciosa- comentó Sofía abrazándose ambos brazos.

Mis ojos captaron al instante que era por la brisa helada que alborotó sus cabellos.

Lo pensé por un momento antes de quitarme la chaqueta y entregársela. Ella me interrogó con la mirada.

-Puede que no confíes en mí, pero es mejor aceptar el cobijo de un extraño que morirse de frío- la persuadí.

Ella sonrió dulcemente antes de tomar la chaqueta y ponérsela. Sus mejillas se coloraron.

Necesité un esfuerzo sobrehumano para no hacer una mueca de molestia.

-No eres como creía- susurró, desviando la mirada.

Aquello despertó repentinamente mi curiosidad.

-¿En qué sentido?- pregunté.

Ella me miró por un momento. Señal suficiente para darme cuenta de que estaba siendo muy frío. Rápidamente suavicé mi expresión, pero a ella no pareció haberle pasado desapercibida.

-Pensé que serías más dulce. Pero… de alguna manera… tienes un carácter petulante… y…- pareció pensar en lo que decía.- me es imposible confiar en ti.

Fruncí el ceño.

-Qué directa- musité con desprecio.

Y tan humana como era, se paró de golpe y me escrutó intensamente con la mirada.

-Creo que es un error que salgamos- dijo repentinamente a la defensiva.

¡¿Pero cómo era que notaba esos pequeños detalles en mí?! ¡Hacía cuatrocientos años que no me encontraba con una personalidad como la de ella! Supe al instante que debía ser más cuidadoso. Rápidamente suavicé mi expresión y negué con la cabeza. “Recuerda que ella debe tomar la decisión” recordé repentinamente. No le rogaría.

Mis labios se curvaron en una sonrisa, al tiempo que miraba un auto pasar junto a nosotros.

-¿Qué debo hacer para que estés conforme?- pregunté.

-Muéstrate- contestó.

La sonrisa desapareció inconscientemente de mi rostro. Me volví para encontrarme con sus ojos. Los escruté intensamente, buscando las intenciones escondidas en aquella sencilla palabra.

-¿A qué te refieres?- inquirí.

Ella suspiró, desviando la mirada con rapidez.

-Cuando te veía en la cafetería, veía a un chico completamente distinto… Te observaba y veía algo más profundo- murmuró- Pero desde que hablamos por primera vez, hay algo que no encaja.

Aquellas palabras me tomaron desprevenido. No supe qué hacer. Por primera vez en toda mi existencia, no supe qué hacer.

Solté un suspiro antes de continuar.

-Me odiarías si me conocieras en realidad- confesé.

-Eso no lo sabes- repuso levantando la vista.

Sus ojos destellaron con lucidez. Los busqué inconscientemente y al encontrarme con ellos, seguí escrutándolos, esperando encontrar la razón de que aquellas palabras hubieran salido de mi boca. Ahora tenía dos cosas en claro: Una, no me había dado cuenta de lo intrigantes que eran sus ojos, y dos, ella será, para mi pesar, una presa difícil de persuadir. Pero, me divertía. Era una pelea justa. Debía poner mis cartas secretas en juego.

...

Alan dio un paso hacia delante sin perderme de vista.

-Necesitaré ayuda- musitó.

Intenté desviar la mirada, pero por alguna extraña razón, sus ojos no me lo permitían… ¡Estaba haciendo lo mismo que cuando me invitó a salir!

-Alan…- comenté al tiempo que me sonrojaba- ¿Lo estás haciendo a propósito?

Su rostro mostró sincera sorpresa y sus pies vacilaron.

-¿A qué te refieres?- preguntó con toda inocencia.

Fruncí el ceño.

-Eso… atrapas a las chicas con la mirada y las dejas sin aliento…- respondí sin poder terminar la frase.

¡Había metido la pata! Mi rostro se puso tan rojo como un tomate.

Él sonrió con picardía.

-¿Hago eso contigo?- inquirió frunciendo dulcemente el ceño.

Sacudí la cabeza y finalmente me deshice del hechizo que era su mirada. Mis pensamientos dejaron de estar abrumados… o eso pensaba.

-Sí- ¡Rayos!- digo no… en realidad, lo digo… porque…- tartamudeé- le provocaste ese efecto a mi amiga Sandra y a tu exnovia.

Alan soltó una carcajada al tiempo que me invitaba a seguir caminando. Y para mi gran sorpresa, mi cuerpo obedeció automáticamente ¿Le daba una segunda oportunidad contra mi voluntad? ¿Sería un poder mágico de atracción?

No pude evitar sacudir la cabeza por segunda vez.

Absurdo.

-¿Y es bueno que cauce ese efecto?- preguntó curioso.

Negué rotundamente.

-Eso es manipular a la gente- protesté mirando hacia el suelo.

Alan guardó silencio por largos segundos.

-No lo haré más- dijo finalmente, rompiendo el silencio.

No pude evitar dedicarle una sonrisa. Se estaba suavizando por mí.

Miré a mí alrededor. Su chaqueta era en realidad caliente y su aroma me tenía abrumada. Era mejor de lo que pensaba.

La brisa sacudió mi cabello.

-¿Y a dónde vamos?- pregunté curiosa.

Una media sonrisa se dibujó en su rostro al tiempo que me miraba con el ceño fruncido.

-No te enterarás hasta que contestes a mi pregunta- me desafió, caminando frente a mí.

-¿Cuáles es tu pregunta?- dije a la defensiva.

Su sonrisa se ensanchó.

-¿Me darás una segunda oportunidad?-dijo con voz aterciopelada.

Las ideas se me dispersaron por completo. Parpadeé varias veces y me escondí en el cuello de su chaqueta, disfrutando secretamente del aroma.

-Lo estás haciendo de nuevo, Alan- susurré con un hilo de voz.

Él carraspeó y dudó antes de volver a mi lado.

Guardamos silencio, mientras yo esperaba a que mis ideas volvieran a tener cabeza y pies.

-Sigo caminando a tu lado- contesté lentamente- ¿No es prueba suficiente?

-Más bien yo camino a tu lado, porque bien pudiste haberte ido y hubiera seguido a tu lado- repuso con sorna.

Resguardé mi rostro un poco más, rogando porque no hubiera visto cómo mis mejillas se encendían un poco más.

-¿En serio lo hubieras hecho?- murmuré.

No contestó, por lo que di el tema por terminado.

Suspiré al tiempo que divisaba a lo lejos el restaurante, que tanto soñábamos Sandra y yo con visitar algún día. Frente a un rascacielos. Nuestro problema siempre había sido el mismo. Era de etiqueta y los precios de la comida eran altos. No era un lujo que dos estudiantes con un futuro incierto y un salario tan bajo como el nuestro, se pudieran dar.

-¿Alguna vez has comido allí?- preguntó Alan rompiendo finalmente el silencio.

Negué con la cabeza al ver que se refería al mismo restaurante.

Me mordí el labio inferior.

-¿Quieres comer allí?- propuso.

En el blanco.

-Me encantaría- contesté rápidamente.

Caminamos directo al local. Yo con una sonrisa de oreja a oreja en el rostro y Alan con una extraña combinación de triunfo y felicidad.

Antes de entrar, Alan se volvió hacia mí.

-¿Confías en mí?- preguntó repentinamente serio.

Negué con la cabeza.

-¿Quieres entrar?- asentí con la cabeza. -Entonces necesito que me sigas la corriente- explicó sin más.

Lo miré con cara de pocos amigos, pero no tuve tiempo de protestar, pues, en ese mismo instante, entramos al local y el cambio de temperatura me llegó a la cara de golpe. El olor a lavanda y aceite de almendras fue lo primero que mi nariz pudo percibir. El lugar me pareció tan agradable. Era como un sueño. Nunca hubiera pensado que algún día entraría.

-Toma mi mano- me susurró al oído justo en el instante que un hombre vestido de traje se acercaba hacia nosotros con menús entre sus manos.

Vacilé antes de entrelazar sus dedos con los míos. Fue sólo un instante. Un momento en el que una corriente eléctrica recorrió mi brazo. Su tacto era caliente.

-Señor Charles, un placer tenerlo de vuelta con nosotros- dijo el hombre.

Me dedicó una sonrisa desinteresada.

-¿Y quién es nuestra nueva acompañante?- preguntó con aparente amabilidad.

Supe a qué se refería Alan con seguirle la corriente, cuando el hombre me miró de pies a cabeza con un cierto desprecio.

-No es nueva. Es Amidala.- contestó Alan sin un ápice de cordialidad.

-¡Ah!- exclamó frunciendo el ceño, al punto que parecía que sus cejas se tocaban- bienvenida, señorita Belcampo. Se ve tan hermosa que es irreconocible.

Miré a Alan de reojo al tiempo que inclinaba levemente la cabeza.

-¿La mesa de siempre?- preguntó el hombre dándonos paso al salón gigantesco, con mesas circulares y flores por todos lados.

El lugar era moderno, en realidad, pero estilizado. Y lo más divertido, era que en el centro había una pista de baile. Las voces eran estridentes, casi todas las mesas estaban llenas, excepto una, que estaba al fondo, junto a un ventanal, que daba a una vista perfecta al parque de la ciudad.

Al llegar frente a la mesa, algo en mí deseaba que Alan no soltara mi mano. Pero sus dedos soltaron los míos y no pude más que intentar asimilar lo que había sucedido.

El hombre me ayudó a quitarme el abrigo y lo colgó en un perchero junto a la mesa, al tiempo que me sentaba y arrimaba mi silla. Alan se sentó frente a mí, mirando hacia la ventana.

-¿Traigo lo de siempre?- preguntó el hombre, sacando una libreta de su bolsillo.

¡Vaya que era extraño que trabajando como mesera alguien te prestara el mismo servicio!

Alan negó con la cabeza.

-Tráenos un plato de spaghetti al pestto… y dos copas- contestó sin dejar de mirar hacia la ventana.

El hombre pareció sorprendido al igual que yo.

-¿Nada más tú vas a comer?- pregunté indignada.

Pero callé de golpe, cuando el hombre me lanzó una mirada cargada de sospecha.

-Pensé que la señorita Belcampo y usted, señor, estaban a dieta.- repuso el hombre.

Alan sonrió, primero dedicándome una mirada a mí y luego al hombre.

-Corrección, nada más tú vas ha comer. – me dijo antes de dirigirse hacia el hombre- Hoy es un día especial. Amidala y yo celebramos nuestro aniversario, si usted bien recuerda, así que, queremos algo distinto. Todavía me sigo preguntando dónde están sus modales, William- repuso Alan fríamente.

Sacudí la cabeza con desaprobación. No sabía si estar molesta por el hecho de que Alan fuera tan grosero, o por el hecho de que él no fuera a comer nada ¿Qué clase de cita era ésta?

El tal William nos dedicó una mirada rabiosa antes de darnos la espalda y seguramente dirigirse hacia la cocina.

-¿Se puede saber qué fue eso?- pregunté molesta.

-¿Qué?- repuso Alan volviendo su mirada hacia el parque.

-¿No podrías ser un poco más amable?- inquirí.

Alan soltó una carcajada y finalmente me encaró. Atravesándome con la mirada. Sus ojos parecían más transparentes y profundos.

-Lo sería si él lo fuera conmigo. Pero nos tiene aversión a Amidala y a mí desde la primera vez que vinimos.- se excusó.

-¡Oh! ¡Claro!- exclamé sarcástica- ¿No será por cómo tratan a la gente?

Soltó una segunda carcajada.

-Me parece que sigues indignada por cómo te trató mi…- se interrumpió- Amidala hoy en la tarde.

-No me hagas retractarme, Alan.- lo amenacé.

-No lo harías- repuso Alan perdiendo toda la diversión en su rostro.

Fue una larga batalla de miradas. O más bien perdí la noción del tiempo. Mi rostro palideció de horror cuando sus pupilas se dilataron como las de un felino. Entonces me percaté de la cercanía entre ambos. Me alejé bruscamente y me recargué en mi asiento, al tiempo que intentaba que mi respiración se tranquilizara. Todavía había algo que no encajaba.

-Las copas- nos interrumpió William, colocándolas sobre la misma.

-Gracias- musité.

-Gracias- me imitó Alan.

Pude notar la sorpresa en el rostro de William, que unos instantes después, ya daba media vuelta y nos volvía a dejar a solas.

-¿Cuál es tu comida favorita?- preguntó Alan con repentina suavidad.

Aquella pregunta me tomó por sorpresa.

-Spaghetti ¿Y la tuya?

Alan sonrió.

-¿Y tu color favorito?- contestó con otra pregunta.

-El azul…- continué a la defensiva- ¿Y el tuyo?

-No tengo- se limitó a contestar- ¿Tu deporte favorito?

-¿Por qué no tienes?- pregunté confundida.

-El gris- me interrumpió.

Asentí con la cabeza.

-¿Qué es lo que te atrae de ese color?

Pareció pensar en sus palabras antes de contestar. Le dio un trago a su copa.

-Es el color de mis recuerdos. El de mi hogar. Opaco, pero cálido- explicó, asentí por segunda vez con la cabeza.- ¿Por qué tu color favorito es el azul?

Jugueteé con mis manos al tiempo que pensaba en una respuesta.

-Creo que tu explicación es más razonable que la mía.- confesé sintiendo cómo el calor invadía mis mejillas.

Alan frunció el ceño con suavidad. Una media sonrisa se dibujó en sus labios.

-Es imposible…- aseguró.

Le di un sorbo a mi copa, intentando ganar tiempo.

-Va con el color de mi cabello y de mi piel. A veces siento que cuando uso algo de color azul la suerte está de mi lado.- contesté finalmente.

Rió a carcajadas, dándole un segundo trago a su copa y observándome de pies a cabeza, como si tuviera visión de rayos X. ¡¿Me habría manchado el vestido?! Lo examiné con cuidado y descubrí por qué Alan me miraba de esa manera… El vestido era azul.

...

-¿Hoy está la suerte de tu lado?- pregunté con burla.

Ja, ja ¡Suerte! Si supiera lo que le deparaba.

-Podría ser…- contestó encogiéndose de hombros.

Su estómago rugió ¡Suerte para mí que habíamos pasado junto al restaurante! Había olvidado por completo que los humanos se tenían que alimentar a determinadas horas del día.

Soltó un suspiro con cierta decepción y se recargó en su asiento al tiempo que se cruzaba de brazos y miraba hacia el suelo.

Lentamente mi risa se fue apagando.

Carraspeé.

-¿Qué estudias?- continué con el cuestionario.

-Soy maestra de física y química.- contestó con desgana.

-¿Científica?

Ella sonrió.

-En cierto sentido, sí- dijo levantando la mirada.

No pude evitar corresponderle la sonrisa.

-¿Puedo hacerle una pregunta un poco más personal, profesora?

¡A ver qué salía de esto!

-Depende de la pregunta- repuso a la defensiva.

Intenté adelantarme a su reacción antes de continuar.

-Como científica ¿Cree en el bien y en el mal?

-Es muy subjetiva esa pregunta…- comenzó lentamente- porque cada quién tiene su percepción de lo que es bueno y de lo que es malo. Y a lo largo del tiempo, la religión le ha metido a la gente la idea de que existe un infierno y un cielo. Dicen que es malo tomar los dulces de tu hermano, o descubrir nuevas cosas, en casos extremos. Pero dime ¿Es malo hacer descubrimientos para la humanidad?

Me encogí de hombros. En realidad me traía sin cuidado.

-Allí está lo subjetivo- continuó- la iglesia pensaba que era malo, tú no estás ni de un lado ni del otro y yo, pienso que es bueno.

Asentí con la cabeza.

-Bien… entonces… digamos, hipotéticamente hablando, que hubiera un ser del infierno frente a ti ¿Lo tomarías como algo malo?

Ella lo pensó por un momento.

-No. Lo tomaría por algo malo si me atacara y me matara.- miró hacia otro lado- ¿Qué sucedería si en realidad el infierno es un lugar tremendamente caliente, pero la gente no paga por sus pecados? La iglesia lo ha satanizado, pero nadie tiene pruebas de lo que pueda haber allí.

Sonreí. Pues ella muy pronto las tendría.

-Entonces dices que crees que haya bien y mal, pero a lo que se le llama “bien” y “mal” generalmente, no es lo mismo que tú crees- concluí.

Ella correspondió mi sonrisa y asintió con la cabeza.

-Interesante punto de vista- murmuré pensando en sus palabras.

-Sólo hipotéticamente, si el ser del infierno se acercara a mí y me dijera que sólo quiere una amistad, entonces, no lo tomaría por malo.- dijo con repentina seriedad.

Intercambiamos largas miradas. Intentaba asegurarme de que no hubiera descubierto mi identidad. Porque para mí, era todo lo contrario, los buenos eran los buenos y los malos eran los malos. Estaba seguro de que ella no me tomaría como algo bueno si viera en realidad lo que era.

-¿Y si yo fuera un ser del infierno?- no pude evitar preguntar, rompiendo el silencio.

Guardó silencio.

-¡El spaghetti!- nos interrumpió William, colocando el plato sobre la mesa.

Maldije para mis adentros, mientras soltaba su mirada y me volvía hacia la ventana. Tomé mi copa y le di otro trago.

-Gracias, William- dijo Sofía tímidamente.

-Buen apetito, señores- dijo William antes de irse.

“Ella no lo aceptará” Pensé con rabia “Lo sabía”.