sábado, 29 de enero de 2011

Reencuentro

Bueno, la inspiración me llegó y bueno... jejejeje creo mañana también voy a publicar un capítulo jejeje incluso el lunes. Muchas gracias por sus comentarios, como siempre, me ponen feliz y lista para salir adelante :D :D :D :D :D Espero les guste.

¿Qué era un mes cuando el tiempo ya no tenía sentido? Había pasado tan lenta y dolorosamente, que ni si quiera estaba segura de que hubiera sido un mes. Porque... él... me había hecho perder la noción del tiempo. Me había dejado destrozada y desolada. La comida me sabía a piedra, a humo, a duras penas podía tragar un bocado. Las clases ya no eran algo que me interesara ni las salidas entre amigas, incluso cuando se fue Sora de vuelta a Guatemala... ya no sentí igual... A penas había sido consciente de que mi papá se había ido en un viaje de negocios y de que había probabilidades de que nos fuéramos a vivir a Argentina. Igualmente él ya no estaría a mi lado... Mi sustento había desaparecido y no sabía cómo construir uno que fuera mío, que no lo hiciera alguien más ¿Por qué? Porque tenía miedo de que me hirieran como él lo había hecho. Me tenía en su abismo, pero ya no me tenía entre sus brazos, me había dejado sola en un camino sin rumbo fijo, un camino interminable, que, a cada paso que daba, me dejaba un filoso cuchillo en mi corazón, que seguía roto en miles de pedacitos... era débil... había sido incapaz de recuperarme...

-¡Any! Te lo ruego, no me mires así- me rogó Jack.

Parpadeé varias veces con confusión.

Una sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios.

-¿Otra vez pensando en él?- dijo con la voz dura.

No pude evitar aquel hondo suspiro.

-No me lo puedo sacar de la cabeza- confesé avergonzada.

Jack soltó una carcajada.

-Lo único que haces es lastimarte- repuso con un atisbo de humor en sus ojos azul celeste.

Desvié la mirada rápidamente, temerosa de que me la atrapara como siempre lo hacía.

-No,- me negué observando mis zapatos- ya no hay nada que me pueda lastimar más- dije con un hilo de voz, que se quebró al último punto.

Recordé fugazmente la noche que él me salvó...

Las lágrimas recorrieron mi rostro.

Me percaté de reojo, cómo Jack se inclinaba hacia mí.

Lentamente fui encarándolo. Me sostuvo la mirada por un momento que se me hizo eterno.

Entonces, sin previo aviso, se incorporó y se colocó a mi lado. La mesa del starbucks quedó al descubierto.

Tomó mi mentón y besó mi frente con suavidad.

-No sé cómo ayudarte, Any. He intentado todo- susurró sin perderme de vista.

Quise desviar la mirada, pero Jack me sostenía fuertemente.

-Jack, por favor. Vamos a llegar tarde con Miranda y Roger- dije débilmente.

Él suspiró.

-Tienes razón- convino.

Odiaba aquellos momentos. Jack me había ayudado mucho a salir adelante, pero, la idea de que quisiera algo más conmigo y yo no se lo pudiera dar me destrozaba más de lo que ya estaba por dentro. Me lo había insinuado tantas veces, que difícilmente había comodidad cuando nos veíamos. Quizás debía dejar de verlo, pero era egoísta... yo no quería... lo quería seguir viendo porque sólo con él podía sentir algo de vida. Sólo con él podía recordar qué había sido de mi vida antes de que Danny se convirtiera en ella.

Se incorporó y extendió su mano. Dudé por un momento antes de tomarla e incorporarme también. Pero no la soltó.

Suspiré con molestia, observando de reojo lo bien que lo pasaba Jack intentando contener la risa.

Al salir del Starbucks, Jack nos guió directamente al auto. Parecía disfrutar todo de lo lindo. En primera, porque, el que me tomara la mano era porque me había vuelto muy torpe. Siempre pensando en las musarañas había peligrado mi vida en varias ocaciones, en las que Jack, de no haber estado allí, no hubiera salido librada. Desde la vez que estuvieron a punto de atropellarme, Jack y yo habíamos coincidido en que en todo momento debía estar junto a él. Aunque fuera a regañadientes por mi parte. Incluso subirme al auto representaba un peligro para mí. Pero, no por eso necesitaba ayuda de Jack, como niña chiquita, para subirme. Acostumbraba a prestar más atención de la necesaria a cada movimiento que daba. Dándole sabrosos segundos de desesperación a Jack, lo que contaba como venganza, después del millar de veces que me había dicho que era torpe.

Solté su mano y me subí. Al sentarme en el asiento, me puse el cinturón rápidamente. Jack cerró la puerta, rodeó el auto y se subió al asiento del piloto.

El viaje fue silencioso por ambos lados. No intercambiamos ni una sola mirada, ni un solo gesto, ni una sola palabra. Yo estaba enfurruñada.

Cuando llegamos frente a la casa de Miranda, me desabroché el cinturón, pero Jack fue más rápido y antes de que yo pudiera abrir la puerta por mi cuenta, él ya estaba allí.

Al bajar lo fulminé con la mirada.

-Sí puedo abrir puertas- dije molesta.

Él sonreía de oreja a oreja. Seguramente, como siempre, la situación parecía divertirle.

-Pero es de caballeros abrirlas para las damas- repuso burlón.

-Pero yo no soy dama, soy tu amiga.

Acarició mi rostro.

-Una amiga muy torpe- se burló.

Di bruscamente media vuelta. Jack me tomó del brazo, obligándome a mirarlo a sus cautivadores ojos.

-¿A donde vas?- preguntó.

-Lejos de ti- murmuré ofendida.

-Miranda y Roger nos están esperando, niñita. Y si bien recuerdo, su casa es para el otro lado- argumentó.

Maldije para mis adentros.

-Lo sé- mentí.

Estaba tan confundida que me había ido para el lado equivocado.

-Eres tan inocente- susurró Jack conmovido.

Mis impulsos me obligaron a sacarle la lengua, soltarme tan bruscamente como me había dado la vuelta, y seguir con mi camino. Jack me alcanzó al instante, colocándose a mi lado.

-Recuérdame por qué sigues siendo mi amigo- pedí entre dientes.

Quería golpear lo que fuera y el rostro de Jack no era mala idea.

-Eres tan infantil, Any- se quejó.

-Alguna vez alguien me dijo: "Quiéreme como soy".- contesté secamente.

-No digo que no me guste, pero a veces eres tan difícil.

Paré de golpe y lo fulminé con la mirada.

-¿Vas a seguir diciendo mis defectos?

Se encogió de hombros.

-A veces eso ayuda a cambiar a la gente.

No pude evitar sonreír.

Jack me correspondió con otra sonrisa.

-¿Tregua?- preguntó extendiendo su mano.

Suspiré dudosa, antes de lanzarme con ímpetu y abrazarlo.

Ambos soltamos carcajadas.

-Tregua- accedí, dándole un beso en la mejilla.

Su pálida piel se tornó a un rojo carmesí cautivador.

El sonido de las llanas de un auto sobre el pavimento nos sobresaltó a los dos. Lo solté lentamente y miré por detrás de su hombro. Un auto negro, de vidrios oscuros, se estacionó justo al lado del auto de Jack. Entorné la vista para ver de quién se trataba, pero los vidrios eran tan oscuros que a duras penas lograba ver una silueta.

Ni Jack ni yo, nos movimos de nuestros lugares.

El motor ronroneó por última vez, antes de que el misterioso conductor lo apagara.

Entonces abrió la puerta y quedé petrificada, incapaz de quitarle la vista al conductor. Mi alma se fue a los pies y mis latidos se aceleraron... ¿Sería posible?...


miércoles, 26 de enero de 2011

Mentiras

Bueno, este capítulo es contando por Danny jejejeje quizás esto ayude a que entiendan un poquito el problema jejejeje ¡Pero ya no digo más! jejejeje Muuuuchas gracias por los comentarios.

Danny,

la distancia ha afectado mucho lo que siento por ti. Quisiera seguir contigo, pero aquí, desde el otro lado del mundo, me siento tan sola. Sé que tu me amas, pero yo ya no puedo decir lo mismo. Ya perdí el interés, y la teoría de que las relaciones a larga distancia no funcionan se a comprobado ahora. Porque lo nuestro ya no funciona Danny... lo nuestro acabó desde que dejaste este mundo para irte al tuyo ¿Me creerás que ya he encontrado a alguien más? Te amé como a nadie, pero eso ya es pasado, ya quedó atrás... Ya no hay conexión, ya todo desapareció...

Enviado por Hotmail, el 16 de febrero del 2011.

Cerré la computadora de golpe y maldije para mis adentros ¿Era ésa mi Any? ¿Había terminado conmigo? ¿Después de las promesas que me hizo de que nunca me dejaría? ¿Después de que me dijo que siempre estaría a mi lado? ¿Era posible que MI Any hubiera escrito eso? Mi corazón se había desgarrado al leer aquellas palabras, sentía un vacío en lugar de corazón... ¿Qué le escribiría ahora? ¿Que no había problema? Yo nunca dejaría de amarla, nunca... ni aunque ella no lo hiciera, y aquel sentimiento no cambiaba. Lo único que cambiaba era ella, que ya no escribía dulces palabras, sino palabras filosas y desalmadas. Ésa no era mi chica. Yo no estaba en mis cabales para creerlo. Me sentía fuera de mí. Deseaba gritar, a cada segundo el dolor se intensificaba. Recordar todo lo que habíamos pasado juntos, todo lo que habíamos hecho ¡Yo se lo había confesado en su carta de cumpleaños! Que estaba destinada a llegar ese día. Desde que llegué a Alemania, la idea de escribir una carta me había dado un buen presentimiento, incluyendo la entrega en el servicio de correo. Parecía que la carta llegaría el mismo día de su cumpleaños, y ahora, a un día de su cumpleaños, ella había terminado conmigo. Me había quedado sin palabras, la había perdido... la había perdido por tonto. Tanto que la amo y no se lo demuestro. Debí ser más creativo de acuerdo a nuestras pláticas, debí poner más atención a sus problemas, quizás... ¿Qué había hecho mal? Quise hacerla la chica más feliz del planeta entero, si era posible del Universo...

Pero, si ella terminaba conmigo y era feliz, entonces... yo también debía ser feliz. Soportaría mi pena por ella, mi querida hermanita del alma. Ya desde hacía meses que había dejado de sentir dolor cuando ella lo sentía o felicidad. Ahora no podía saber si ella se sentía triste, feliz, maliciosa... ya no tenía contacto con ella. Ni si quiera en los sueños. Era aquella sensación que había sentido cuando había encontrado su cuerpo inerte en la oficina de Mateus. Era un vacío aplastante y negro, silencioso y cauteloso. A cada momento se acrecentaba, desgarrando con uñas y garras todo lo que se ponía en su camino, empezando por mi débil corazón. Sólo ella podía hacerme sentir así, sólo ella lo lograba.

Escuché voces fuera de la habitación, seguido del timbre del departamento. Me levanté de mala gana, con el alma en los pies y abrí la puerta.

Janet sonrió de oreja a oreja al verme.

-Hola, grandulón ¿Cómo dormiste?- me preguntó con su extraño acento.

Me encogí de hombros.

-No pegué si quiera ojo- me limité a contestar.

Janet hizo un puchero con sus labios carmesí. Sus rizos negros se sacudieron con desenvoltura.

-¿Es ella otra vez?- intentó adivinar.

Asentí lentamente.

-No le hagas caso- dijo después de un largo silencio.

La miré incrédulo.

-Ya sé, que es tu alma gemela y que es algo imposible, porque tienen una conexión irrompible, pero...- hizo una pausa dramática- si la dejas seguir y ella te busca, es porque aún te ama y no te ha superado.

Una sonrisa se dibujó en la comisura de mis labios.

-Ven aquí, enana- dije abriéndole mis brazos.

Ella correspondió con una encantadora sonrisa en el rostro y me estrechó suavemente.

-Gracias- susurré.

Soltó una risita.

-Para eso estamos los amigos- aseguró con una diversión infantil.

Empecé a dar vueltas con ella entre mis brazos.

Ahora ambos soltábamos carcajadas.

-¡Basta!- gritó con aparente indignación.

Entonces la bajé y la escruté con la mirada. Aquel rostro me recordó tanto a Any, aquella sonrisa traviesa. Lo único que cambiaba era que Janet tenía hoyuelos y cabello tan negro como la noche... y para mi gran pesar... no se comparaba nada con Any, no en lo que a mí respectaba. Any era todo para mí y nunca dejaría de ser perfecta. Imaginé que era ella la que estaba entre mis brazos y no Janet ¡Con eso ni que me sacaran de la universidad me bajaría el ánimo!

-Será mejor que vayamos a clases- comentó Janet, recuperándose de la conmoción.

Sonreí forzadamente.

-Sí, si no salimos ahorita, vamos a llegar tarde- coincidí.

Me escrutó con la mirada.

-¿Qué?- pregunté.

Negó con la cabeza.

-No, nada...- susurró misteriosamente.

-Janet...- la incité.

-¡Qué bonito está el día hoy!- intentó distraerme, pero no funcionó.

-Janet...- repetí.

Ella suspiró, desviando la mirada, la bajó hacia el piso, entrelazando sus manos con nerviosismo.

-Es que... bueno...- carraspeó- yo... te amo.

Tardé más de un minuto en asimilar aquellas palabras. Tiempo que Janet utilizó para atrapar mi mirada, pasándola de mis labios a mis ojos, hasta que, se decidió por los primeros. Fue un beso nulo de sentimientos. Quizás había algo, pero mi mente la abarcaba Any, y asimilar aquel beso me costó tanto trabajo, que reaccioné tarde e indebidamente.

La solté bruscamente.

-Janet, te lo pido. Prométeme que esto no paso- rogué con la voz entrecortada.

Janet me observó con tristeza.

-¿Pero por qué?- preguntó con inocencia.

-Porque, a pesar de todo lo que me ha hecho Any... yo la amo... es imposible borrar ese sentimiento- expliqué intentando suavizar las cosas.

Me fulminó con la mirada.

-Te dejó ¿Qué más quieres pedir para que entiendas que ella no es el amor de tu vida y es algo que no puedes remediar?- dijo molesta- no existen las almas gemelas, Danny. Eso es sólo una ilusión tuya ¿Entiendes?

Quedé desconcertado... ¿Por qué? Porque no podía imaginar que la dulce Janet, que tanto apoyo y cariño me había dado, pudiera estar enamorada de mí y para colmo celosa de alguien contra quien no podría luchar, por más fuerte que fuera. Any era mía... o fue mía alguna vez y pensaba recuperarla.

Le di la espalda.

-Esto es algo que tú no entiendes, Janet. Yo no puedo traicionar a Any, ella nunca me ha traicionado a mí.

La inminente explosión de rabia llegó tres segundos después de mis palabras. Al volverme, Janet estaba roja de ira.

-Ustedes dos son tan tontos... ¡Qué ingenuo! ¿El correo no es suficiente? ¿Quieres marcarle y preguntarle?- preguntó sarcástica.

Intercambiamos una larga y fulminante mirada durante un momento que se me hizo eterno.

-No necesito marcarle para saber que hay algo mal, algo que no encaja aquí. Conozco bien a Any y sé que ella no me dejaría.

-¿Y qué vas a hacer? ¿Ir hasta allá?- siguió Janet con su molesto sarcasmo.

-Es la idea- contesté entre dientes.

Soltó una carcajada histérica.

-Me avisas cuando bajes de tu nube- repuso Janet con molestia.

Su vena en la sien, palpitaba, roja como tomate.

-Será mejor que te vayas a clases- me despedí.

Me lanzó una mirada asesina antes de dar media vuelta y salir por donde llegó.

Cerré mis manos en puños y contuve la rabia. Aquí había algo que no encajaba y yo me iba a encargar de arreglarlo. Me lo prometí en aquel momento.

lunes, 24 de enero de 2011

Las apariencias engañan

Debo admitir que el capítulo es corto jejejejeje pero ahora no he tenido mucho tiempo :D :D :D :D :D Muuuuuchas gracias por los comentarios y bienvenida a la nueva seguidora ;) Les agradezco todo su apoyo.

No sabía cómo sentirme al respecto. Debía admitir que mis latidos se habían acelerado conforme pronunciaba cada palabra. Cada palabra que sentía como única...

-Te la escribió hace meses, cariño- dijo Sora con pesar, colocando una mano sobre mi hombro- puede que ese sentimiento lo haya perdido ya.

Aquellas palabras destrozaron el poco ánimo que había recuperado.

Miranda se acercó a ella y le dedicó una mirada asesina.

-¿Qué no ves que la lastimas más?- la reprochó en voz baja.

Sora se dispuso a protestar, pero la dejé con la palabra en la boca.

-No, no se peleen por eso, Sora tiene razón.- dije débil y cortante.

Ambas me miraron, una con incredulidad y otra con compasión.

-Será mejor que bajemos, van a creer que te quedaste atorada en el baño- bromeó Miranda intentando suavizar el ambiente.

-Que no sería novedad tratándose de Any- coincidió Sora.

Las dos soltaron sonoras carcajadas.

Solté una risa forzada, intentando aminorar los latidos desbocados de mi débil corazón.

Salí pisándole los talones a Miranda, deseando que la tierra me tragara en aquel momento. No quería ver a nadie a la cara, que pudieran observar a plena luz cómo mis ojos estaban hinchados por tanto llorar, cómo mis labios se contraían en una mueca de infinita tristeza. El ambiente de fiesta empezó a sentirse incluso antes de que bajáramos el último escalón.

Entonces Miranda paró de golpe, provocando que me tambalear, se volvió hacia mí.

-Any, no te preocupes por nada, es un infeliz. Nadie debe hacerte sufrir ¿Entendiste? Nadie, así que, no vale la pena que llores por él- me aconsejó suavemente, tomando mi mano.

Sora me limpió las cautelosas lágrimas que ya se habían derramado inconscientemente hasta llegar a mi mentón.

-No llores, querida. Hay otros que seguramente sabrán valorarte mejor que él.- me aseguró Sora limpiando mis lágrimas con la misma suavidad que Miranda.

Asentí lentamente, respirando hondo.

Bajamos el último escalón y una oleada de gritos y exclamaciones invadió la sala y el recibidor. Mi mamá llegó corriendo, lista para abrazarme.

-¿Cómo estás, cariño?- me preguntó con la preocupación dibujada en el rostro.

-Bien, mamá- respondí automáticamente.

Cuánto hubiera deseado que mis padres hubieran sido de esos que no permitían a sus hijos hacer fiestas en casa. Mi ánimo no daría para tanto. Me sentía exhausta y vacía. Mi único deseo en aquel momento era irme a la cama y dormir. Pero no como cualquier noche, dormir y despertar como si nada hubiera pasado, porque... sin Danny... ya no sabía cómo afrontar lo que venía en el futuro. Él había sido mi sustento y sin él, me había desmoronado en miles de pedacitos, dispersos, incurables.

-Será mejor que partamos el pastel- comentó mamá al ver lo poco convincente que se veía mi expresión.

Me soltó y se volvió hacia los invitados.

-Vamos a cantarle las mañanitas a nuestra cumpleañera- exclamó.

Sí, bueno, ése era mi cumpleaños. Que, si hubiera sido antes, lo habría disfrutado como nunca.
La gente me abrazaba, me entregaba regalos, me felicitaba y entablaba conversaciones conmigo, que ni si quiera sabía de qué eran. Estaba ausente. La única plática que despertó un poco de culpabilidad en mí, fue la que tuve con Jack, que, sentado en la esquina más apartada de la sala, miraba a la concurrencia con ojos sombríos y aburridos. Cuando me acerqué a él, se incorporó y me dio un abrazo.

-¿Por qué no me dijiste que era tu cumpleaños?- preguntó.

Suspiré con pesar.

-Lo siento, lo había olvidado- confesé avergonzada.

Soltó una amarga carcajada.

-¡Increíble!- exclamó con incredulidad.- ni si quiera mi abuela- bromeó divertido.

Me encogí de hombros.

-Ahora he tenido cosas más importantes que mi cumpleaños, supongo que ésa es la razón- repuse lentamente.

Entonces me soltó y me penetró con la mirada.

-¿Más importantes?- preguntó repentinamente interesado.

-Yo...- tartamudeé con nerviosismo- es complicado...

En sus ojos vi fugazmente la respuesta que me hubiera dado: "Pues tengo todo el tiempo del mundo", pero, al mirar a su alrededor, su rostro se descompuso.

-Estás ocupada, quizás otro día- dijo, en cambio.

Suspiré por segunda vez, entonces recordé que la idea era que pasáramos una tarde tranquila solamente los dos.

-Lo siento, Jack, de haber sabido... yo... en serio que...

Colocó un dedo sobre mis labios.

-No hay nada de qué disculparse, no cuando es tu cumpleaños y no lo recordabas. Ambos quedamos igual de sorprendidos, estamos a mano- me interrumpió con suavidad.

Quedé turbada por un momento. La punzada de culpabilidad empezó a abrirse paso en mi interior.

-Será mejor que me vaya- susurré incómoda.

Ahora no fui yo quien suspiró.

-Sí, tienes mucho que atender- convino contrariado.

Hubo un largo silencio. Esperando a que él dijera algo que parecía haber guardado. Entonces suspiré y le di un leve y rápido beso en la mejilla antes de dar media vuelta e ir a ayudar con la comida en la cocina.

domingo, 23 de enero de 2011

La carta ¿Será amor?

Bueno jejejeje me disculpo jejejeje, pero estoy en plena recuperación jejejeje ;) De cualquier manera, voy a recompensar su paciencia con un capítulo largoooooo ;) Ya empiezo a extrañar escribir :D :D :D :D Muchas gracias por los comentarios :D :D :D


Cuando entré a casa, el silencio era sepulcral. Seguramente papá y mamá habrían salido como todos los viernes.

La primera sonrisa del día asomó en la comisura de mis labios.

Jack entró pisándome los talones.

-¡Vaya!- exclamó- está muy silencioso.

Me encogí de hombros.

-Sé lo mismo que tú- aseguré divertida.

Entonces escuché voces en la cocina. Automáticamente mis pisadas siguieron el sonido. Caminé hasta topar con la puerta cerrada, logrando divisar luz del otro lado de ésta.

Di un largo suspiro.

-Solo hay que ver...

Jack asintió lentamente, concentrado en la ranura por la que se escapaba la luz de la cocina.

Abrí la puerta y asomé la cabeza.

De detrás de los muebles, las mesas, las sillas, del refrigerador, salieron amigos, conocidos y familia. Todos gritando casi al unísono "¡Sorpresa!".

Rigida en mi lugar por la sorpresa, fui incapaz de moverme ¡Había olvidado que hoy era mi cumpleaños!

Mamá, Papá, mi prima Amy, Alex, incluso Pat, que vivía en Europa. De ahí, suponiendo que la que estaba a lado de Alex, era su "encantadora" novia. Había algunas personas que no recordaba si quiera sus rostros. Pero, estaban Miranda, Esmeralda... y... ¡Oh, por Dios! ¿Era esto posible?

Ahogué un grito de felicidad.

-¡SORA!- exclamé exultante.

Ella sonrió de oreja a oreja y abrió sus brazos.

Corrí hasta ella y la abracé con ímpetu.

-¡Cariño! No sabes el susto que me diste cuando supe que habías sido secuestrada. Ni si quiera pude verte. Fui devuelta a Guatemala, pero te juro, linda, que recé todos los días por ti- aseguró con un acento muy común de aquellos lugares.

-Pero ya estás aquí y nos estamos viendo- contesté conteniendo las lágrimas de emoción, que amenazaban con resbalar por mis mejillas.

Fui abrazando de uno en uno y agradeciendo su presencia. Me tranquilizaba la idea de poder pasar el resto de la tarde lo suficientemente desconcentrada para no tener que recordarlo. Aquel vacío en mi pecho no se quitó del todo.

Penélope, mi pequeña primita, me entregó un dibujo hecho por ella misma. Una extraña combinación de colores, que, según la percepción de Penélope, era un hermoso caballo.

La abracé y di vueltas con ella. Era el regalo más hermoso que me habían dado hasta ahora.
Todos rieron, pero tantas risas no pudieron evitar que unos ojos tan familiares se encontraran con los míos...

Bajé lentamente a Penélope, sin perder de vista aquellos ojos, que casi eran del mismo verde esmeralda tan perfecto de su hermano.

Fabián sonrió con pesar.

Lo fulminé con la mirada.

-¿Cómo te atreves a venir?- susurré molesta.

Todas las risas se fueron apagando lentamente.

-Debía darte tu abrazo de cumpleaños por parte de mi hermano- se defendió divertido.

Fruncí el ceño.

-¿De parte de Danny?- pregunté incrédula, al borde de las lágrimas histéricas.

-Sí, me rogó que te lo diera... a pesar de lo que le hiciste...- dijo desviando la mirada.

Solté una carcajada más que histérica. Empecé a temblar de rabia.

-¡¿Después de lo que yo le hice?! ¡¿Qué te dijo ése... ése...?!

Me interrumpí a la mitad de la oración... nunca podría insultarlo.

-¡Que lo dejaste!- exclamó desconcertado.

Mis temblores se volvieron más fuertes. Cerré mis manos en puños.

-¿Que lo dejé?- repetí rabiosa.- ¿Yo lo dejé?

Fabián asintió con indiferencia.

-¡Que te quede claro! ¡YO NUNCA SERÍA CAPAZ DE SEMEJANTE COSA! ¡YO NUNCA LO LASTIMARÍA!- grité entrecortadamente- ¡Dile que venga a decírmelo a la cara! ¡Tengo su correo! ¡Él me dejó por otra!

Empecé a sollozar en silencio, cubriendo mi cara con ambas manos. Caí de rodillas al frío piso de la cocina.

-Él me dejó...- susurré- dijo que ya no me amaba...

La gente empezó a murmurar, pero no le di importancia.

El gigantesco cuerpo inclinado de Fabián, me dejó entre sus sombras. Acercó sus labios a mi oído.

-Estoy seguro que hay un malentendido- me susurró suavemente, tan parecido a la voz acariciadora de su hermano- Él escribió esta carta para ti desde hace meses...

Metió algo en el bolsillo de mi chaqueta empapada por el agua.

-Sabía que llegaría hoy, para el día de tu cumpleaños. Sabes lo previsor que es. Mandar una carta desde el otro lado del mundo es un gran detalle, diría yo. No se lastimen más el uno al otro y lee la carta, Any. Léela, es lo único que te pido- concluyó.

Sus palabras resonaron en mi cabeza como eco. Mis sollozos se calmaron lentamente, pero cuando levanté el rostro, Fabián ya había desaparecido de entre la multitud.

Me incorporé lentamente. Miranda y Sora me abrazaron al mismo tiempo.

-¡No hay nada que ver!- escuché la voz de Jack- ¡Sigan celebrando!

Me recargué en el hombro de Sora.

-¿Esto era lo que no querías decirme?- preguntó Miranda- ¿Que Danny había terminado contigo?

Asentí lentamente.

Entonces mis temblores se intensificaron y los sollozos me dejaron un nudo en la garganta.

Me di cuenta de que mi mano estaba dentro del bolsillo con la carta, estrujándola. Como si mi mente quisiera asegurarse que aquello fuera real. No debía leerla o me dolería más.

-Será mejor que vayas a cambiarte, cariño- comentó Sora.

Miranda y Sora intercambiaron miradas significativas.

-Te acompañamos- dijeron ambas al unísono.

El acento de Sora me pareció reconfortante.

Cada una tomó una de mis manos, guiándome a la salida de la cocina. No lograba calmar ni los sollozos ni los temblores.

El silencio del vestíbulo en la entrada me dio escalofríos. La oscuridad reinaba en aquel momento. Subimos las escaleras con más cuidado del habitual, pues ninguna se había dignado a prender la luz. Caminamos por el pasillo hasta topar con la puerta de mi habitación. Sora abrió.

Suspiré entrecortadamente.

Una nueva carga de lágrimas nubló mi vista más de lo que ya estaba.

Entonces Miranda prendió las luces de mi habitación.

-¡Vaya, querida! Nunca había visto esta habitación... recuerdo la de tu antigua casa, con tapiz de florecitas rosas. Éste es demasiado serio- comentó Sora con nostalgia.

Miranda soltó una risita.

-Pero es más grande. Deberíamos hacer pijamadas como en los viejos tiempos- dijo Miranda con entusiasmo.

Y aún así, mi ánimo no subió ni un ápice.

-Vamos, cariño.- me suplicó Sora- no sufras, este chico ha de ser uno más del montón. No vale la pena que derrames ni una lágrima por él.

Negué rotundamente con la cabeza.

Miranda desapareció tras el umbral de la puerta del baño, saliendo a los pocos segundos con una muda de ropa.

La colocó a mi lado y me observó inquisitiva.

-Te prometo- aseguró- que cuando lo vea, no se salva ni de mis golpes ni de mi furia ese amiguito tuyo. No soporto verte así y mucho menos por un hombre.

No pude evitar sonreír.

-Gracias- susurré.

-Pero... ¡Abre la carta, encanto! ¡Haber qué dice el inútil!- me incitó Sora.

Solté una carcajada.

-No aún- contesté lentamente.

-¡Por favor!- suplicó Miranda.

Negué con la cabeza.

-Muy bien...- dijo Sora con un tono misterioso.

Miré los rostros de ambas con confusión.

-Plan B- dijo Miranda al tiempo que sacaba la carta de mi bolsillo.

Mi reacción fue tan lenta, que no pude detenerla.

Sora se acercó a Miranda y ambas rasguearon el papel hasta llegar a varias páginas escritas con aquella caligrafía que tan bien conocía.

-Eso no se le hace a una amiga- protesté débilmente.

La realidad era que la curiosidad me carcomía por dentro.

-Cámbiate, cariño, y te la damos de vuelta- prometió Sora.

Las fulminé con la mirada antes de tomar la ropa, incorporarme y entrar al baño.

Me cambié la ropa con pasmosa lentitud. Al mirarme al espejo, mi cabello era un causa perdida, por lo que lo cepillé un poco antes de salir nuevamente para ver qué decía la misteriosa carta.
Por una parte deseaba con todo mi corazón leer aquellas letras, pero... por otra... temía que si la leía saldría más lastimada de lo que ya estaba...

Al ver la cara de mis dos amigas, la curiosidad le ganó al sentido común.

Ambas estaban rígidas en su lugar, sin quitar los ojos de la carta.

-¿Qué pasó?- pregunté divertida.

Ninguna de las dos contestó.

Suspiré resignada y quité las hojas suavemente de sus manos. Empecé a temblar, rezando porque la carta no me lastimara.

Hermana del alma, mi cielo, mi luz, mi mundo, mi sustento,

hay infinidad de palabras que dicen todo lo que tú eres para mí. A penas llevo unos tres meses estudiando aquí en Alemania y ya he aprendido tanto. No sólo sobre la medicina, sino, sobre todo, lo que somos nosotros, los seres humanos.

Hay almas errantes, almas en purgatorio, almas destrozadas... pero tú... tú eres mi alma gemela. Amar como yo te amo a ti es algo que no he logrado entender. Es como si todo girara en torno tuyo, todo lo que veo, lo que siento, me recuerda a ti. Tu dulce y embriagador aliento, que roza mi rostro siempre que estás a mi lado, tus rizos perfectos, que caen en picada hasta tu delgada y suave cintura, tus labios rojos y curiosos por probar todo, la sonrisa que se dibuja en la comisura de tus labios, tus pómulos marcados y tu piel pálida me dejan sin aliento. La confusión que siento al verte... las veces que me he pregunto cómo es que puede existir una sensación tan electrizante en el mundo. Todo lo pones de cabeza, pero siempre me vas guiando por el camino correcto. Me enseñaste a entender muchas cosas, me diste el apoyo para superar la muerte de mi madre, me diste una lección de vida cuando te llevaron lejos de mí, me robaste besos y el aliento todas las veces que te vi, esbozando una sonrisa pícara y cargada de ternura. Nunca vi manos tan hábiles como las tuyas, ni voz tan melodiosa como la que siempre tuviste. Nunca había amado a alguien tanto como te amo a ti y esto seguro que no hay nadie sobre la Tierra que haya amado de esta manera tan especial. Y también estoy seguro que no tampoco hay alguien sobre la Tierra que te pueda amar como yo te amo a ti.

Recuerdo la primera vez que te vi. Fue la primera vez que me robaste el aliento con aquel vestido tan hermoso, sin olvidar que era de un azul aqua que resaltaba con tu piel pálida. Me diste confianza... desde aquel momento te vi como amiga de toda la vida. La primera sonrisa que me regalaste fue señal de lealtad eterna y por eso yo tampoco dudé en sonreírte.

Otra de aquellas veces que recuerdo tan nítidamente y que no me puedo sacar de la cabeza, es aquella vez... en la alberca ¿Recuerdas? Cuando te prometí que nunca te dejaría. Pues quiero que sepas que... ni la distancia podrá separarnos. Para un hombre, confesarle el amor a una mujer es un paso muy difícil, pero... contigo... nunca tuve problemas porque tú siempre supiste cómo ayudarme a salir adelante. Siempre diste la primera palabra para que yo pudiera decirte las dos palabras más bellas del planeta que el humano ha hecho... "te amo" Sí, esas dos palabras esconden un significado enorme, pequeñas por fuera, pero por dentro, son todo. Esconden ternura, amor, lealtad, felicidad, apoyo, compañía, cariño, promesa... incluso sufrimiento... ¡Hay tantas cosas, que ni si quiera todo el papel del mundo alcanzaría para su definición! No en lo que a mí respecta. Esas dos palabras que siempre llegan en el momento preciso.

Soy el hombre más afortunado del planeta, porque te encontré a ti. Mi alma gemela, la chica más hermosa, de curvas suaves, palabras hermosas, que siempre salen en el momento preciso. Cada vez que te escucho hablar, mi universo se alborota, mi latidos se aceleran... cada vez incluso antes de que hables, por el simple hecho de que existas y de que me hayas aceptado. Eres mi sustento y haberte encontrado fue lo mejor que me pudo pasar en la vida. Por lo que, si me dieran la oportunidad de cambiar mi vida, no lo haría. Me quedaría contigo, porque, hasta estando en el desierto más árido del planeta, tú siempre estarás allí, recordándome que me amas y que, si salgo adelante, es porque quiero verte, porque, no verte, es como perderte. Y si hay algo que me puede quitar la vida, es que a ti te quiten la tuya ¡El susto que me diste aquel día! ¡Y la felicidad que sentí cuando te recuperé y me dijiste que si habías vuelto era por mí! Una pareja tiene que estar a mano, entonces, también quiero que sepas, que si muriera y tú te quedaras sola en esté mundo, yo volvería... y sabes por qué. Es por eso, que, terminaré mis estudios en Londres y volveré contigo, es mi meta...

y para resumir todo lo que te he dicho en esta carta, para que lo recuerdes y sepas que siempre voy a estar allí para ti, TE AMO. Todo lo que dije en esta carta viene incluido en esas dos palabras, porque lo que yo siento por ti es AMOR... y ese amor no lo cambiaría por nada del mundo.

Tu hermanote,
Danny

Quedé rígida en mi lugar como mis amigas. Incapaz de creer que el chico que me había roto el corazón hoy, me hubiera declarado amor verdadero el mismo día. La primer lágrima se desbordó solitaria por mi mejilla, hasta llegar a mi mentón caer al piso. Ahora me preguntaba ¿Él seguía amándome o era mentira?



lunes, 17 de enero de 2011

jejejejeje bueno, aquí está el capítulo :D :D :D :D :D Espero que les guste. Y antes de que empieces a leer Belle ;) Muuuuuuuchas gracias por tus palabras :D :D :D :D Te dedico éste capítulo queridísima maestra (Ya verás por qué)

Repito, espero que les guste ;)

"
Él ya no me quiere, él ya no me quiere, él ya no me quiere, él ya no me quiere..."

-Señorita Tamara, me podría hacer el favor de prestar atención a la clase.- me reprochó la maestra a lo lejos.

Todas las miradas se posaron sobre mí.

-Sí, maestra- murmuré distraídamente.

Soltó una carcajada irónica.

-Entonces conteste- me pidió.

Varios soltaron risitas burlonas.

La miré con cara de pocos amigos.

Suspiró con impaciencia.

-¿En qué año nació el que se dice que pudo haber iniciado con el renacimiento, el famoso genio Leonardo Da Vinci?- dijo articulando cada palabra con exagerada lentitud.

Me encogí de hombros.

La maestra me dedicó una mirada asesina antes de continuar.

-Quiero que sepan, que con esta actitud ignorante que acaba de mostrar su compañera Tamara no pasarán los semestrales de historia Universal ¿Entendido?- miró su reloj con detenimiento- Preparen sus cosas para salir, muchachos.

Antes si quiera de que ella pudiera terminar de pronunciar "muchachos" la mayoría ya estaba frente a la puerta, impacientes porque diera el toque de salida.

Suspiré con frustración y metí mis cosas con pasmosa lentitud a la mochila, incapaz de salir de mi propia ensoñación. No podía evitar recordar cada momento que él y yo habíamos pasado juntos. Cada roce, cada mirada... todo lo había guardado... pero era más dolor, más dolor acumulado... más que sufrir... y yo ya estaba harta de tanto. De desear ver su cara, sentir sus brazos rodear mi cintura, los labios suaves sobre los míos. Todo lo había perdido, todo lo prometido. Ya no quedaba nada de él más que recuerdos. Sin él, la vida ya no tenía sentido, había sido mi sustento y ahora, se iba, dejándome entre escombros. Todo se había desmoronado por aquellas simples palabras...

-Quiere volver a salir de su esoñación, señorita.- me ordenó la maestra.

Sacudí la cabeza varias veces.

-Sí, maestra. Lo siento- me disculpé.

Sonrió con comprensión.

-Sólo tú tienes control de tu mente y corazón. No sufras por alguien que te dejó, porque si es así, es que en realidad no vale la pena.- me aconsejó con un toque maternal.

Sonreí forzadamente.

-Gracias, maestra.- murmuré.

-Será mejor que salgas- se volvió hacia la ventana- No vaya a ser que la lluvia se convierta en tormenta.

Asentí lentamente.

-Nos vemos mañana, querida- se despidió.

-Nos vemos mañana- contesté.

Di media vuelta y salí de aquel salón de paredes blancas. En aquel momento deseé salir de aquel mundo, aislarme de todo. Deseé que él nunca hubiera existido. Quizás si él jamás... quizás si él...

Suspiré.

No, yo nunca podría desear que él no existiera, porque si él no existiera, yo tampoco. Era inevitable que lo amara de aquella forma... y si él estaba feliz, entonces yo también debía estarlo.
Me dirigí a mi casillero. Al llegar saqué mis cosas, entre ellas mi chamarra. Me la coloqué y la cerré para cubrirme del frío.

-¡Any! ¡Espera!- escuché que resonaba en el pasillo.

Me volví lentamente.

-¿Quieres que te acompañe a casa?- me preguntó mi mejor amiga, Miranda.

Negué con la cabeza.

"Él ya no te ama, él ya no te ama, él ya no te ama..."

-
No te preocupes, Miranda. Hoy prefiero ir sola- contesté con la voz ronca.

Maldije para mis adentros ¡Ella no debía notar nada!

Sonrió con la misma comprensión de la maestra. Auguré lo peor...

-¿Es que Roger se te acaba de confesar?- dijo con picardía.

La miré sorprendida.

-¿Roger?- pregunté incrédula.

-Sí, tontita ¿Estás ciega? Él está perdidamente...

De ahí en más mi mente no logró asimilar nada más. Mi mente y corazón bloqueados, no quería sentir nada... ya no quería sentir nada. Sólo logré captar las últimas palabras.

-Nos vemos luego, cariño.- se despidió.

-Nos vemos luego- contesté automáticamente.

Miranda frunció el ceño.

-¿Segura que no quieres que te acompañe?- preguntó inquisitiva.

Sus palabras tuvieron sentido varios segundos después.

Negué con la cabeza.

-¿Pasa algo?- preguntó escrutándome con la mirada.

Nuevamente negué con la cabeza.

-Luego hablamos- prometí.

Suspiró, me abrazó y dio media vuelta. Terminé de guardar las últimas cosas en mi mochila. Me la puse al hombro y me dirigí a la entrada. Miré a través de los vidrios. Las gotas de lluvia resbalaban lentamente por el vidrio hasta topar con el piso.

Contuve el aire antes de salir y empezar a sentir el cabello mojado. El último de los camiones que me podía llevar a casa arrancó antes de que lo pudiera alcanzar.

Con una sensación de vacío en el pecho, caminé entre los charcos de lluvia, con el sonido de ésta abarcando mis sentidos. Era un ritmo suave y tranquilizador. Deseosa de olvidar todo, me concentré en las gotas que caían a mi paso. Las piernas me pesaban y el tiempo se me hizo eterno. Sí, corría por un abismo interminable... sólo él podía meterme allí. Como también sólo él podía sacarme.

Aceleré el paso, la lluvia empezaba a volverse aguacero. Por un momento deseé gritar, pero, en cambio, las traicioneras lágrimas empezaron a desbordarse por mis mejillas. Mi tranquilo trote se volvió carrera, quería correr de aquel sentimiento de dolor.

Iba tan rápido que a duras penas lograba ver lo que pisaba.

Entonces, en aquel momento, algo duro me paró de golpe. Salí disparada hacia atrás, la mochila resbaló de mis hombros.

-¡Lo siento!- se disculpó una voz masculina- ¿Estás bien?

Fui levantando la mirada hasta encontrarme con unos ojos azules celestes.

Sonrió con picardía.

-¿Debo recordarte que ya es la segunda vez que chocamos?- dijo acercando su rostro al mío.

Quedé abrumada.

Busqué a tientas mi mochila.

Él extendió su mano. Dudé por un momento antes de tomarla. Entonces, con una fuerza descomunal, me ayudó a incorporarme.

-Gracias- murmuré desviando la mirada.

Su sonrisa se ensanchó.

-¿Has estado llorando?- preguntó.

Inevitablemente me sonrojé.

-No... yo no...

-Vamos, que llegamos tarde al café. Te llevo a tu casa para que te cambies y puedas ir calientita ¿Te parece? Hay que alegrarte el día.- me instruyó con ademán protector.

-Muy bien...- asimilé sus palabras con extremada lentitud- gracias.


-Para eso estamos los amigos.- contestó cariñosamente.


Lo observé detenidamente por un momento.


-Gracias- repetí finalmente.