jueves, 2 de febrero de 2012

Esclavos de las sombras (Parte 2/3)

Bueno, Bloggeras, soy breve porque voy un poco apurada ;) ¡Pero ya vamoos con la siguiente parte del pequeño relatoo! hihihihi Alan y Sofía son un desastre juntos, pero bueno hahaha al menos me divierto escribiendo con ellos hahaha :P ;) Esperoo que les guste ¡Comenten, chicas!


Miré el reloj por cuarta vez ¡Ya iba seis minutos tarde! ¡¿Qué la hacía demorar tanto?! ¿No le había dicho que a las ocho y cuarto? ¡Era por eso que los humanos me sacaban de mis casillas! Amidala nunca hubiera hecho aquello.

Entonces noté movimiento dentro del local.

Suspiré al tiempo que me recargaba en la pared y me cruzaba de brazos ¡A penas se estaban despidiendo! Esto iba a tardar un poco más. Miré el suelo, mientras me recordaba que todo esto era por mi chica. Tenía que soportar la demora y la torpeza humana por mi chica.

-¿Planeaste algo en especial, chico desconocido?- preguntó una dulce voz, sacándome de mis ensoñaciones.

Rápidamente levante la cabeza y me encontré con sus ojos verdes, cargados de inocencia.

Entonces la escruté con la mirada de pies a cabeza y supe que haber esperado tanto había valido la pena. Se veía…

Sacudí la cabeza y desvié la mirada. Riéndome para mis adentros de mí mismo ¡Yo! ¡Elogiando a una humana! ¡Por favor!

-Por supuesto- contesté finalmente, extendiendo mi mano.

Pero para mi desconcierto, ella negó con la cabeza y regresó suavemente mi mano a mi costado.

-No te aceleres Romeo, que, para serte sincera, no confío nada en ti- dijo repentinamente seria.

Sonreí divertido. No era tan inocente como creía… Pero eso sólo le daba más diversión al juego.

-Eso ya lo veremos al final de la noche- bromeé indicándole que me siguiera, aunque aquellas palabras iban en serio.

Empezamos a caminar por la oscura banqueta a duras penas iluminada por un farol en la esquina.

Guardamos silencio, escuchando tranquilamente nuestros pasos. Pronto ya doblábamos hacia la derecha.

-Increíble que la cuidad esté tan silenciosa- comentó Sofía abrazándose ambos brazos.

Mis ojos captaron al instante que era por la brisa helada que alborotó sus cabellos.

Lo pensé por un momento antes de quitarme la chaqueta y entregársela. Ella me interrogó con la mirada.

-Puede que no confíes en mí, pero es mejor aceptar el cobijo de un extraño que morirse de frío- la persuadí.

Ella sonrió dulcemente antes de tomar la chaqueta y ponérsela. Sus mejillas se coloraron.

Necesité un esfuerzo sobrehumano para no hacer una mueca de molestia.

-No eres como creía- susurró, desviando la mirada.

Aquello despertó repentinamente mi curiosidad.

-¿En qué sentido?- pregunté.

Ella me miró por un momento. Señal suficiente para darme cuenta de que estaba siendo muy frío. Rápidamente suavicé mi expresión, pero a ella no pareció haberle pasado desapercibida.

-Pensé que serías más dulce. Pero… de alguna manera… tienes un carácter petulante… y…- pareció pensar en lo que decía.- me es imposible confiar en ti.

Fruncí el ceño.

-Qué directa- musité con desprecio.

Y tan humana como era, se paró de golpe y me escrutó intensamente con la mirada.

-Creo que es un error que salgamos- dijo repentinamente a la defensiva.

¡¿Pero cómo era que notaba esos pequeños detalles en mí?! ¡Hacía cuatrocientos años que no me encontraba con una personalidad como la de ella! Supe al instante que debía ser más cuidadoso. Rápidamente suavicé mi expresión y negué con la cabeza. “Recuerda que ella debe tomar la decisión” recordé repentinamente. No le rogaría.

Mis labios se curvaron en una sonrisa, al tiempo que miraba un auto pasar junto a nosotros.

-¿Qué debo hacer para que estés conforme?- pregunté.

-Muéstrate- contestó.

La sonrisa desapareció inconscientemente de mi rostro. Me volví para encontrarme con sus ojos. Los escruté intensamente, buscando las intenciones escondidas en aquella sencilla palabra.

-¿A qué te refieres?- inquirí.

Ella suspiró, desviando la mirada con rapidez.

-Cuando te veía en la cafetería, veía a un chico completamente distinto… Te observaba y veía algo más profundo- murmuró- Pero desde que hablamos por primera vez, hay algo que no encaja.

Aquellas palabras me tomaron desprevenido. No supe qué hacer. Por primera vez en toda mi existencia, no supe qué hacer.

Solté un suspiro antes de continuar.

-Me odiarías si me conocieras en realidad- confesé.

-Eso no lo sabes- repuso levantando la vista.

Sus ojos destellaron con lucidez. Los busqué inconscientemente y al encontrarme con ellos, seguí escrutándolos, esperando encontrar la razón de que aquellas palabras hubieran salido de mi boca. Ahora tenía dos cosas en claro: Una, no me había dado cuenta de lo intrigantes que eran sus ojos, y dos, ella será, para mi pesar, una presa difícil de persuadir. Pero, me divertía. Era una pelea justa. Debía poner mis cartas secretas en juego.

...

Alan dio un paso hacia delante sin perderme de vista.

-Necesitaré ayuda- musitó.

Intenté desviar la mirada, pero por alguna extraña razón, sus ojos no me lo permitían… ¡Estaba haciendo lo mismo que cuando me invitó a salir!

-Alan…- comenté al tiempo que me sonrojaba- ¿Lo estás haciendo a propósito?

Su rostro mostró sincera sorpresa y sus pies vacilaron.

-¿A qué te refieres?- preguntó con toda inocencia.

Fruncí el ceño.

-Eso… atrapas a las chicas con la mirada y las dejas sin aliento…- respondí sin poder terminar la frase.

¡Había metido la pata! Mi rostro se puso tan rojo como un tomate.

Él sonrió con picardía.

-¿Hago eso contigo?- inquirió frunciendo dulcemente el ceño.

Sacudí la cabeza y finalmente me deshice del hechizo que era su mirada. Mis pensamientos dejaron de estar abrumados… o eso pensaba.

-Sí- ¡Rayos!- digo no… en realidad, lo digo… porque…- tartamudeé- le provocaste ese efecto a mi amiga Sandra y a tu exnovia.

Alan soltó una carcajada al tiempo que me invitaba a seguir caminando. Y para mi gran sorpresa, mi cuerpo obedeció automáticamente ¿Le daba una segunda oportunidad contra mi voluntad? ¿Sería un poder mágico de atracción?

No pude evitar sacudir la cabeza por segunda vez.

Absurdo.

-¿Y es bueno que cauce ese efecto?- preguntó curioso.

Negué rotundamente.

-Eso es manipular a la gente- protesté mirando hacia el suelo.

Alan guardó silencio por largos segundos.

-No lo haré más- dijo finalmente, rompiendo el silencio.

No pude evitar dedicarle una sonrisa. Se estaba suavizando por mí.

Miré a mí alrededor. Su chaqueta era en realidad caliente y su aroma me tenía abrumada. Era mejor de lo que pensaba.

La brisa sacudió mi cabello.

-¿Y a dónde vamos?- pregunté curiosa.

Una media sonrisa se dibujó en su rostro al tiempo que me miraba con el ceño fruncido.

-No te enterarás hasta que contestes a mi pregunta- me desafió, caminando frente a mí.

-¿Cuáles es tu pregunta?- dije a la defensiva.

Su sonrisa se ensanchó.

-¿Me darás una segunda oportunidad?-dijo con voz aterciopelada.

Las ideas se me dispersaron por completo. Parpadeé varias veces y me escondí en el cuello de su chaqueta, disfrutando secretamente del aroma.

-Lo estás haciendo de nuevo, Alan- susurré con un hilo de voz.

Él carraspeó y dudó antes de volver a mi lado.

Guardamos silencio, mientras yo esperaba a que mis ideas volvieran a tener cabeza y pies.

-Sigo caminando a tu lado- contesté lentamente- ¿No es prueba suficiente?

-Más bien yo camino a tu lado, porque bien pudiste haberte ido y hubiera seguido a tu lado- repuso con sorna.

Resguardé mi rostro un poco más, rogando porque no hubiera visto cómo mis mejillas se encendían un poco más.

-¿En serio lo hubieras hecho?- murmuré.

No contestó, por lo que di el tema por terminado.

Suspiré al tiempo que divisaba a lo lejos el restaurante, que tanto soñábamos Sandra y yo con visitar algún día. Frente a un rascacielos. Nuestro problema siempre había sido el mismo. Era de etiqueta y los precios de la comida eran altos. No era un lujo que dos estudiantes con un futuro incierto y un salario tan bajo como el nuestro, se pudieran dar.

-¿Alguna vez has comido allí?- preguntó Alan rompiendo finalmente el silencio.

Negué con la cabeza al ver que se refería al mismo restaurante.

Me mordí el labio inferior.

-¿Quieres comer allí?- propuso.

En el blanco.

-Me encantaría- contesté rápidamente.

Caminamos directo al local. Yo con una sonrisa de oreja a oreja en el rostro y Alan con una extraña combinación de triunfo y felicidad.

Antes de entrar, Alan se volvió hacia mí.

-¿Confías en mí?- preguntó repentinamente serio.

Negué con la cabeza.

-¿Quieres entrar?- asentí con la cabeza. -Entonces necesito que me sigas la corriente- explicó sin más.

Lo miré con cara de pocos amigos, pero no tuve tiempo de protestar, pues, en ese mismo instante, entramos al local y el cambio de temperatura me llegó a la cara de golpe. El olor a lavanda y aceite de almendras fue lo primero que mi nariz pudo percibir. El lugar me pareció tan agradable. Era como un sueño. Nunca hubiera pensado que algún día entraría.

-Toma mi mano- me susurró al oído justo en el instante que un hombre vestido de traje se acercaba hacia nosotros con menús entre sus manos.

Vacilé antes de entrelazar sus dedos con los míos. Fue sólo un instante. Un momento en el que una corriente eléctrica recorrió mi brazo. Su tacto era caliente.

-Señor Charles, un placer tenerlo de vuelta con nosotros- dijo el hombre.

Me dedicó una sonrisa desinteresada.

-¿Y quién es nuestra nueva acompañante?- preguntó con aparente amabilidad.

Supe a qué se refería Alan con seguirle la corriente, cuando el hombre me miró de pies a cabeza con un cierto desprecio.

-No es nueva. Es Amidala.- contestó Alan sin un ápice de cordialidad.

-¡Ah!- exclamó frunciendo el ceño, al punto que parecía que sus cejas se tocaban- bienvenida, señorita Belcampo. Se ve tan hermosa que es irreconocible.

Miré a Alan de reojo al tiempo que inclinaba levemente la cabeza.

-¿La mesa de siempre?- preguntó el hombre dándonos paso al salón gigantesco, con mesas circulares y flores por todos lados.

El lugar era moderno, en realidad, pero estilizado. Y lo más divertido, era que en el centro había una pista de baile. Las voces eran estridentes, casi todas las mesas estaban llenas, excepto una, que estaba al fondo, junto a un ventanal, que daba a una vista perfecta al parque de la ciudad.

Al llegar frente a la mesa, algo en mí deseaba que Alan no soltara mi mano. Pero sus dedos soltaron los míos y no pude más que intentar asimilar lo que había sucedido.

El hombre me ayudó a quitarme el abrigo y lo colgó en un perchero junto a la mesa, al tiempo que me sentaba y arrimaba mi silla. Alan se sentó frente a mí, mirando hacia la ventana.

-¿Traigo lo de siempre?- preguntó el hombre, sacando una libreta de su bolsillo.

¡Vaya que era extraño que trabajando como mesera alguien te prestara el mismo servicio!

Alan negó con la cabeza.

-Tráenos un plato de spaghetti al pestto… y dos copas- contestó sin dejar de mirar hacia la ventana.

El hombre pareció sorprendido al igual que yo.

-¿Nada más tú vas a comer?- pregunté indignada.

Pero callé de golpe, cuando el hombre me lanzó una mirada cargada de sospecha.

-Pensé que la señorita Belcampo y usted, señor, estaban a dieta.- repuso el hombre.

Alan sonrió, primero dedicándome una mirada a mí y luego al hombre.

-Corrección, nada más tú vas ha comer. – me dijo antes de dirigirse hacia el hombre- Hoy es un día especial. Amidala y yo celebramos nuestro aniversario, si usted bien recuerda, así que, queremos algo distinto. Todavía me sigo preguntando dónde están sus modales, William- repuso Alan fríamente.

Sacudí la cabeza con desaprobación. No sabía si estar molesta por el hecho de que Alan fuera tan grosero, o por el hecho de que él no fuera a comer nada ¿Qué clase de cita era ésta?

El tal William nos dedicó una mirada rabiosa antes de darnos la espalda y seguramente dirigirse hacia la cocina.

-¿Se puede saber qué fue eso?- pregunté molesta.

-¿Qué?- repuso Alan volviendo su mirada hacia el parque.

-¿No podrías ser un poco más amable?- inquirí.

Alan soltó una carcajada y finalmente me encaró. Atravesándome con la mirada. Sus ojos parecían más transparentes y profundos.

-Lo sería si él lo fuera conmigo. Pero nos tiene aversión a Amidala y a mí desde la primera vez que vinimos.- se excusó.

-¡Oh! ¡Claro!- exclamé sarcástica- ¿No será por cómo tratan a la gente?

Soltó una segunda carcajada.

-Me parece que sigues indignada por cómo te trató mi…- se interrumpió- Amidala hoy en la tarde.

-No me hagas retractarme, Alan.- lo amenacé.

-No lo harías- repuso Alan perdiendo toda la diversión en su rostro.

Fue una larga batalla de miradas. O más bien perdí la noción del tiempo. Mi rostro palideció de horror cuando sus pupilas se dilataron como las de un felino. Entonces me percaté de la cercanía entre ambos. Me alejé bruscamente y me recargué en mi asiento, al tiempo que intentaba que mi respiración se tranquilizara. Todavía había algo que no encajaba.

-Las copas- nos interrumpió William, colocándolas sobre la misma.

-Gracias- musité.

-Gracias- me imitó Alan.

Pude notar la sorpresa en el rostro de William, que unos instantes después, ya daba media vuelta y nos volvía a dejar a solas.

-¿Cuál es tu comida favorita?- preguntó Alan con repentina suavidad.

Aquella pregunta me tomó por sorpresa.

-Spaghetti ¿Y la tuya?

Alan sonrió.

-¿Y tu color favorito?- contestó con otra pregunta.

-El azul…- continué a la defensiva- ¿Y el tuyo?

-No tengo- se limitó a contestar- ¿Tu deporte favorito?

-¿Por qué no tienes?- pregunté confundida.

-El gris- me interrumpió.

Asentí con la cabeza.

-¿Qué es lo que te atrae de ese color?

Pareció pensar en sus palabras antes de contestar. Le dio un trago a su copa.

-Es el color de mis recuerdos. El de mi hogar. Opaco, pero cálido- explicó, asentí por segunda vez con la cabeza.- ¿Por qué tu color favorito es el azul?

Jugueteé con mis manos al tiempo que pensaba en una respuesta.

-Creo que tu explicación es más razonable que la mía.- confesé sintiendo cómo el calor invadía mis mejillas.

Alan frunció el ceño con suavidad. Una media sonrisa se dibujó en sus labios.

-Es imposible…- aseguró.

Le di un sorbo a mi copa, intentando ganar tiempo.

-Va con el color de mi cabello y de mi piel. A veces siento que cuando uso algo de color azul la suerte está de mi lado.- contesté finalmente.

Rió a carcajadas, dándole un segundo trago a su copa y observándome de pies a cabeza, como si tuviera visión de rayos X. ¡¿Me habría manchado el vestido?! Lo examiné con cuidado y descubrí por qué Alan me miraba de esa manera… El vestido era azul.

...

-¿Hoy está la suerte de tu lado?- pregunté con burla.

Ja, ja ¡Suerte! Si supiera lo que le deparaba.

-Podría ser…- contestó encogiéndose de hombros.

Su estómago rugió ¡Suerte para mí que habíamos pasado junto al restaurante! Había olvidado por completo que los humanos se tenían que alimentar a determinadas horas del día.

Soltó un suspiro con cierta decepción y se recargó en su asiento al tiempo que se cruzaba de brazos y miraba hacia el suelo.

Lentamente mi risa se fue apagando.

Carraspeé.

-¿Qué estudias?- continué con el cuestionario.

-Soy maestra de física y química.- contestó con desgana.

-¿Científica?

Ella sonrió.

-En cierto sentido, sí- dijo levantando la mirada.

No pude evitar corresponderle la sonrisa.

-¿Puedo hacerle una pregunta un poco más personal, profesora?

¡A ver qué salía de esto!

-Depende de la pregunta- repuso a la defensiva.

Intenté adelantarme a su reacción antes de continuar.

-Como científica ¿Cree en el bien y en el mal?

-Es muy subjetiva esa pregunta…- comenzó lentamente- porque cada quién tiene su percepción de lo que es bueno y de lo que es malo. Y a lo largo del tiempo, la religión le ha metido a la gente la idea de que existe un infierno y un cielo. Dicen que es malo tomar los dulces de tu hermano, o descubrir nuevas cosas, en casos extremos. Pero dime ¿Es malo hacer descubrimientos para la humanidad?

Me encogí de hombros. En realidad me traía sin cuidado.

-Allí está lo subjetivo- continuó- la iglesia pensaba que era malo, tú no estás ni de un lado ni del otro y yo, pienso que es bueno.

Asentí con la cabeza.

-Bien… entonces… digamos, hipotéticamente hablando, que hubiera un ser del infierno frente a ti ¿Lo tomarías como algo malo?

Ella lo pensó por un momento.

-No. Lo tomaría por algo malo si me atacara y me matara.- miró hacia otro lado- ¿Qué sucedería si en realidad el infierno es un lugar tremendamente caliente, pero la gente no paga por sus pecados? La iglesia lo ha satanizado, pero nadie tiene pruebas de lo que pueda haber allí.

Sonreí. Pues ella muy pronto las tendría.

-Entonces dices que crees que haya bien y mal, pero a lo que se le llama “bien” y “mal” generalmente, no es lo mismo que tú crees- concluí.

Ella correspondió mi sonrisa y asintió con la cabeza.

-Interesante punto de vista- murmuré pensando en sus palabras.

-Sólo hipotéticamente, si el ser del infierno se acercara a mí y me dijera que sólo quiere una amistad, entonces, no lo tomaría por malo.- dijo con repentina seriedad.

Intercambiamos largas miradas. Intentaba asegurarme de que no hubiera descubierto mi identidad. Porque para mí, era todo lo contrario, los buenos eran los buenos y los malos eran los malos. Estaba seguro de que ella no me tomaría como algo bueno si viera en realidad lo que era.

-¿Y si yo fuera un ser del infierno?- no pude evitar preguntar, rompiendo el silencio.

Guardó silencio.

-¡El spaghetti!- nos interrumpió William, colocando el plato sobre la mesa.

Maldije para mis adentros, mientras soltaba su mirada y me volvía hacia la ventana. Tomé mi copa y le di otro trago.

-Gracias, William- dijo Sofía tímidamente.

-Buen apetito, señores- dijo William antes de irse.

“Ella no lo aceptará” Pensé con rabia “Lo sabía”.

lunes, 30 de enero de 2012

Laberintos gigantes

Bueno, pues creoo que esto de lo de ver cuándo quieren que publique funciona bien, porque así más o menos sé cuándo tiene tiempo ustedes, entonces puedo publicar en esos días hahahaha Pues bueno, como dije, vamos alternando. Aquí les traigo el siguiente capítuloo de ⌘Cαżαdοrα εrrαητε⌘, que esperoo que les guste y que las entretenga por un rato, porque como verán... a mí no me ha ido nada bien últimamente y me alegro muchísimoo de tener una forma de liberarme con la escritura ;)


“Una princesa no rehuye a sus problemas” recordé fugazmente.

Mi corazón se encogió. No pude soportarlo más y miré hacia atrás. Pero no me encontré con la decepción ni la tristeza en sus ojos, sino con su característica petulancia y suficiencia.

Sacudí la cabeza y volví la mirada hacia delante. Ya casi me olvidaba del pequeño detalle… ¡No viajaría con él!

-¿Y qué es lo que los trae por el mercado?- pregunté rompiendo el silencio.

Μεπ se volvió algo desorientado hacia mí. Parecía que lo había sacado de su ensoñación.

Me sonrojé.

-Lo siento, no quería interrumpirte…

-No, no, princesa- dijo rápidamente- lo siento yo por no estar prestando atención.

Su voz de repente aceleró los latidos de mi corazón ¿Pero qué me sucedía? Desvié la mirada, intentando que no viera cómo mis mejillas pasaban del rosado al rojo carmesí.

Μεπεσ miró a ambos lados con los nervios a flor de punta.

-Vinimos a revisar el comercio de tu padre. Los mëκαηες del pueblo no habían venido a tiempo como lo prometido y vinimos a supervisar y ver que no hubiera pasado nada.- contestó finalmente a mi pregunta.

Asentí con la cabeza.

-¿Y sucedió algo?- pregunté preocupada.

Μεπεσ me escrutó un momento con la mirada… ¿Desde cuándo tenía los ojos de aquel tono café, más acercándose al naranja? En realidad nunca me había fijado en ello hasta aquel instante.

Entonces sonrió cuando nuestras miradas finalmente se separaron.

-No, es sólo que los buscadores no mostraron la mercancía hasta hace poco y los intercambios no se pudieron hacer a tiempo.- me tranquilizó.

Correspondí a su sonrisa. El alivio cruzó mi cuerpo. Al menos ya me enteraba de que las cosas funcionaban bien en casa.

-¿Hace cuánto llegaste? ¿Cuándo te vas?- pregunté curiosa.

-Querrás decir cuándo nos vamos ¿Verdad?- contestó frunciendo dulcemente el ceño.

Le saqué la lengua divertida ¡No podía creer que volvía a casa! Aunque no me sentía precisamente feliz. El remordimiento me daba punzadas de dolor ¿Volver a ver a mi familia después de haber fallado? ¡No era lo correcto!

-Pensamos partir mañana por la mañana. Llegamos hace siete lunas y desde entonces nos hemos quedado en el ςστεrrα de los comerciantes de airgua.

Entonces las voces del mercado empezaron a escucharse en la lejanía. Rápidamente cubrí mi rostro con la capucha.

Μεπεσ observó mi acción con cierto desconcierto.

-¿Nadie debe ver tu rostro?- quiso saber.

Asentí con la cabeza.

Μεπεσ guardó silencio por un momento.

-Creo que ya entiendo…- susurró antes de levantar la voz- muchachos, tomemos el atajo por el bosque.

-Por supuesto, jefe- contestó uno de ellos al tiempo que cambiábamos de dirección.

Suspiré aliviada.

-Por cierto, tu amigo es como tu sombra ¿Verdad?- comentó Μεπεσ.

Lo miré incrédula ¿Hablaba de Σs’κα?

Μεπεσ me tomó por el mentón y me obligó a mirar hacia atrás. Σs’κα caminaba a unos metros detrás de nosotros, jugueteando aún con la piedra.

Mi confusión se acentuó… ¿No se supone que cada quién tomaba su camino?

-Dame un momento, Μεπ, tengo...

-El que necesites- dijo soltando suavemente mi mentón.

Sus manos al rozar mi mejilla me quemaron agradablemente. Lo miré por un momento antes de caminar hacia Σs’κα.

Él pareció no notar mi presencia. Pasó la piedra por su brazo y después por detrás de sus hombros, hasta que ésta salió disparada hacia el cielo y de un soplido, salió fuego de su boca, quemando la piedra, que instantes después cayó en sus manos.

-¿Se te ofrece algo?- preguntó sin dejar de juguetear con la piedra.

-¿Nos vienes siguiendo o es sólo que vas por el mismo camino?- repuse molesta.

Σs’κα sonrió de oreja a oreja.

-Ni la una ni la otra- contestó.- No porque hayas decidido irte con tu guerrero quiere decir que yo tenga que dejar de protegerte.

Fruncí el ceño.

-Puedo cuidarme sola, gracias- musité.

Σs’κα rió como si hubiera contado un chiste.

-Hablo en serio- insistí.

Σs’κα guardó silencio sin que la sonrisa se borrara de su rostro.

-Lo sé… pero lo siento en ti, princesa. Tú sabes que es un error volver a tu aldea, sólo estoy esperando a que le digas a tu querido Μεπεσ que tienes que ir con la diosa Diana- explicó al tiempo que la piedra rodaba por sus dedos.

¡¿Qué se creía?! ¡Era tan confiado! ¡Tan petulante que me sacaba de mis casillas!

Tomé la piedra de entre sus manos con la mano marcada y cerré los ojos. La piedra se rompió en miles de pedacitos que cayeron al suelo del bosque.

-¿Me escucharás un momento?- siseé molesta al abrir los ojos.

Todo atisbo de diversión en su rostro había desaparecido por completo.

-¿Cómo tocaste la piedra?- preguntó fríamente.

-¿Me escucharás?- insistí.

Σs’κα desvió la mirada hacia un árbol a nuestro lado antes de contestar.

-Adelante.

-Quiero volver a casa y quiero que tú vuelvas a casa.- sentencié.

Σs’κα sonrió secamente.

-¿Y crees que no lo sé?- musitó acercándose más de lo permitido.- Pero no todo en la vida está a sus órdenes, princesa.

Puse cara de pocos amigos.

-¿Y alguna vez dejarás de ser orgulloso, vuelo libre?- repuse intentando contener la rabia que me embargaba por dentro.

Su aliento rozaba mi rostro y su nariz parecía a punto de tocar la mía.

-No es algo que se pueda cambiar tan fácilmente…- contradijo- ¿Cómo tocaste la piedra? Estaba demasiado caliente como para poder tocarla.

Contuve la respiración.

-Si tú pudiste ¿Por qué yo no?

Hasta a mí me sonó absurdo ¡Él era el hijo del dios del fuego!

La sonrisa en su rostro se volvió burlona, al tiempo que se alejaba bruscamente de mí, dándome la espalda.

Solté el aire de golpe, acordándome de que tenía respirar y sacudí la cabeza.

-Mi marca me protege del calor.- contesté finalmente con cautela- Tú ves las ánimas ¿Verdad?

Σs’κα soltó una carcajada.

-¿Qué le hace pensar eso, princesa?- preguntó con una suavidad que se me antojaba amenazante.

Volvió la cabeza un poco, mirándome de reojo.

Intenté contestarle lo más tranquila posible.

-Supiste que no venían con intención de hacernos daño y también supiste que el hombre que me raptó en el mercado quería matarme ¿No es suficiente evidencia?- dije atando cabos.

-No soy el único que tiene sus secretos. Mi hermana Mina nuca me dijo que tú tenías visión áurica- comentó volviéndose finalmente hacia mí.

Una pequeña sonrisa se dibujó en mi rostro.

-No soy tan inocente…

Sus ojos azules me atraparon por un momento, como si quisieran ver más allá de los míos.

-Pues esperaré a que cambies de opinión, princesa- sentenció tomando una segunda roca del suelo y jugueteando nuevamente con ella como si yo no estuviera allí.

Quedé desconcertada ¡Pero qué actitud tenía! No entendía sus cambios de humor y no esperaba entenderlos.

Volví junto a Μεπεσ y continuamos con la caminata por el bosque, hasta que llegamos a un extenso claro, donde más que suelo, había rocas de diferentes tamaños, algunas tan grandes, que a penas lograba tocar sus puntas. Juntas, formaban un laberinto natural.

Caminamos por allí sin vacilar hasta que llegamos al otro lado de aquel extraño camino y nos encontramos con un hoyo gigantesco en el suelo. Seguramente entraban dos personas al mismo tiempo con facilidad.

Los guerreros entraron de uno en uno al ςστεrrα, hasta que sólo quedamos Μεπεσ, Σs’κα y yo fuera.

No supe cómo reaccionar. La tensión era palpable en el aire. Ni Μεπεσ confiaba en Σs’κα ni Σs’κα en Μεπεσ. Los dos se lanzaron miradas amenazantes al tiempo que me daban el paso al ςστεrrα.

Solté un hondo suspiro antes de saltar.

Mis pies tocaron suelo al instante, pero la luz que llegaba de la entrada no era suficiente para alumbrar toda la estancia, que, al escuchar el eco de mis pasos, supe que era grande.

Entonces escuché cómo alguien caía al suelo, seguido de un segundo.

Me volví lentamente. Μεπεσ y Σs’κα caminaron hacia mí sin siquiera mirarse.

-Maldita sea…- musitó Μεπεσ.

Parecía tener algo en sus manos.

Σs’κα sonrió con sorna, al tiempo que cerraba el puño y lo abría, pero en llamas.

-¿Necesitas esto?- preguntó con suficiencia.

Rodé los ojos al tiempo que Μεπεσ negaba con la cabeza.

-No necesito de tu fuego, gracias, tengo el mío.- musitó tomando dos finas piedras del suelo.

Las restregó la una sobre la otra y a los pocos segundas, las chispas prendieron una antorcha que al tocarla, su punta se enredaba alrededor de tu brazo, para que no hubiera necesidad de tomarla y gastar tus energías en ello. Μεπεσ sonrió ahora con suficiencia mientras tomaba la delantera y nos conducía por aquel recinto gigantesco que gracias a las flamas del fuego, podía ver con mayor claridad.

-¡Vaya! Ilumina muy bien- comentó Μεπεσ.

Pero cuando el fuego de Σs’κα se apagó, la mayor parte de la iluminación desapareció, al punto que a duras penas podía ver mis pies.

Μεπεσ bufó.

-¿Lo ves?- dijo entre dientes- no necesitamos tu fuego.

Reí quedamente ¡Aquello de repente me parecía tan cómico!

Entramos por una cueva que se abría en forma de pasillo y parecía interminable.

Lo único que se escuchaba en la oscuridad eran nuestros pasos y nuestra respiración.

Era parte de los ςστεrrαι, en realidad. Era una forma de distraer a los enemigos. Así como el laberinto al aire libre, el interior de los ςστεrrαι era un laberinto, seguramente tres veces más grande y más peligroso. Pero los dueños siempre conocían el camino de memoria y al parecer, Μεπεσ también, porque no vaciló en ningún momento, llevándonos entonces hasta una cámara tan grande como el recinto de la entrada, sólo que el fuego ya no era necesario, porque la cámara parecía iluminada por pequeñas ranuras en el techo.

Mis miembros empezaron a temblar cuando el frío del aire me caló hasta los huesos. Pero mis ojos seguían maravillados por lo que veían. Justo en el centro había un pequeño estanque conectado con un riachuelo que entraba por una pequeña ranura en la pared del recinto, en cuyos extremos había puertas con un estilo algo desconocido para mí, pues eran altas y terminaban con un semicírculo. Y lo más sorprendente, era que la vida continuaba en aquel mundo subterráneo con flores de un tamaño desbordante. Sus hojas eran incluso más grandes que yo, a pesar de venir de una familia cuyos antepasados eran conocidos por su altura. Y de grosor que ni se dijera. Las flores en sí ya eran hermosas, de pétalos coloridos y pistilo brillante. Sus tallos parecían tan resistentes, que de un hilo conectado a la pared, la gente parecía haber colgado su ropa. Y justo cuando nos acercábamos a una de las puertas, se escucharon voces.

Me volví y miré a mí alrededor, buscando la procedencia de éstas, encontrándome entonces con hombres y mujeres, jóvenes o viejos que nos sonreían cálidamente al tiempo que se acercaban.

-Jefe Μεπεσ. Nos han informado que encontró a la hija del ϖσηηαβι- dijo el hombre a la cabeza del grupo.

Quise acercarme a presentarme, cuando Σs’ka se interpuso.

Lo miré confundida.

-¿Qué sucede?- pregunté en un susurro.

Σs’κα guardó silencio por un momento.

-Sí, un grupo de cazadores o guerreros, no estoy muy seguro, la atacaron. Llegamos un poco tarde para la acción ¿Verdad?- bromeó Μεπεσ al volverse hacia mí por un instante.

Sonreí disimuladamente.

-Me figuro que no es él…- comentó el hombre refiriéndose a Σs’κα.

Σs’κα cerró los ojos y se masajeó el puente de la nariz.

-Vámonos- propuso finalmente en un susurro.

Fruncí el ceño.

-Pero si acabamos de llegar…- repliqué.

Me penetró con la mirada por un momento sin soltar mis ojos, como si quisiera decirme algo.

Y por segunda vez olvidé respirar, hasta que sentí que el aire me faltaba.

Desvié la mirada hacia el suelo.

-¿Qué sucede?

-Hay alguien aquí… que no se emociona precisamente de tu llegada.- contestó finalmente.

Respiré con alivio.

-¿Es nada más eso?

Él asintió con la cabeza.

Sonreí.

-Son mi familia, Σs’κα. Vienen de mi pueblo. Algunos no le tienen cariño a la familia de mi padre, pero otros sí. Es obvio que no todos se alegren. Pero no puedo desconfiar de ellos, estoy segura que ninguno me haría daño.- lo persuadí.

Σs’κα suspiró al tiempo que se quitaba de mi camino.

-Un placer conocerlos, comerciantes de airgua.- me acerqué con pasos lentos, quitándome la capucha- Quisiera saber si me darían asilo mientras parto con mi amigo de la infancia Μεπεσ de vuelta a casa.

El hombre sonrió con una leve reverencia. Las marcas en su pecho desnudo y su rostro pintado de verde mostraban su experiencia por las tierras que seguramente había tenido que recorrer.

-Una grata sorpresa, princesa. Tenerla de invitada es un gran honor y por ende, que sea nuestra huésped nos ilusiona mucho- aseguró el hombre con el debido respeto.

¿Sería él del que tanto desconfiaba Σs’κα?

viernes, 27 de enero de 2012

Esclavos de las sombras (Parte 1/3)

Bueno, pues, antes que nada, quiero informar dos cosas. La primera es que en la parte de hasta abajo, donde dice "Te pareció... divertido, triste, interesante" Le voy a cambiar un poco ^.^Es sólo un experimento, lo prometo. Pero ahora, en lugar de poner qué tal te pareció el capítulo, preguntaré si publico en tres días, en una semana o en cinco días ;) Ya ustedes elegirán cuando y entonces publicaré el capítulo hahahaha. Y bueno, como segundo, quiero decirles que, paralelamente a ⌘Cαżαdοrα εrrαητε⌘, voy a publicar un pequeño relato de tres partes ;) Hehehehe es que verán que de repente me inspiré y salió el relato de mi cabeza. Entonces me encantaría compartirlo con ustedes. Por lo que, no sé si lo quieren tomar como buena o mala noticia, pero éste no va a ser un capítulo de ⌘Cαżαdοrα εrrαητε⌘. Va a ser la primera parte de "Esclavos de las sombras". Pero voy a intercalar. Una vez ⌘Cαżαdοrα εrrαητε⌘ y a la siguiente "Esclavos de las sombras". Y para que no se me alarmen, ni les de flojera comenzar con la nueva historia, les recuerdo. No es historia, es relato de tres partes. Así que, bueno, bienvenida a Deny, antes que nada, al blog y espero que les guste el relatoo.


-Te está mirando- me susurró mi amiga disimuladamente mientras secaba un plato.

Automáticamente bajé la mirada hacia mis manos.

-Un capuccino, por favor- escuché.

¿Me seguiría mirando?

-Un capuccino, por favor- insistió la voz.

Salí bruscamente de mi ensoñación y encaré a la señora frente a mí, que me miraba con fastidio.

-Lo siento ¿Qué se le ofrece?- pregunté tímidamente.

La señora frunció el ceño con inquisición, al tiempo que colocaba el dinero sobre la barra.

-Un capuccino- canturreó molesta, como si le estuviera hablando a un niño de tres años.

Solté un hondo suspiro.

-Sandra- le hable a mi amiga- un capuccino… ¿Con crema o sin crema?- pregunté, volviéndome hacia la señora.

Entonces observé cómo el muchacho sentado en la mesa quince se levantaba, dejaba unas monedas sobre la mesa y sin siquiera dedicarme ni una mirada más, salía del local con garbo y elegancia.

-Con crema… chica… ¡Con crema!- me gritó la señora casi escupiéndome en la cara.

Solté un respingo, mientras le daba click a la pantalla touch frente a mí.

-Serán 2 euros con cincuen…

-¡¿Me quieren pagando los cincuenta centavos después de la forma en que me atendieron?!- protestó la mujer mirándome rabiosa.

La miré incrédula.

Entonces sentí cómo Sandra me daba un empujón cariñoso y tomaba mi lugar.

-Pues si no le gusta cómo servimos, entonces pague los cincuenta centavos y para la próxima busque otro local en el que sí le sirvan bien- repuso Sandra tomando el dinero exacto y entregándole el capuccino a la mujer.

Ésta salió airada del local, tirando a su paso un par de gotas de su capuccino. La gente en la cola la miraba con confusión, mientras algunos otros nos miraban con inseguridad.

-Sofía, encárgate de que no vuelva a suceder…- me suplicó Sandra, dándome unas palmaditas en la espalda.

No pude más que asentir con la cabeza al tiempo que retomaba mi lugar y atendía al siguiente.

Aunque en algún lugar dentro de mí, había algo que deseaba febrilmente que el muchacho hubiera olvidado algo y volviera a entrar al local.

Después de cuatro clientes, Sandra se acercó a mí y me entregó una cartera en la mano.

-Me cae que lo hizo a propósito- comentó mientras sonreía pícaramente.

La miré con la duda dibujada en el rostro.

-Cupido olvidó su cartera en el asiento- explicó mirando significativamente el objeto negro que yo sostenía con ambas manos.

Mis latidos se aceleraron ¿Finalmente hablaría con él? Desde hacía dos meses que lo veía sentado en la misma mesa, tomando el mismo café y mirando hacia la ventana. El problema era que era durante el turno de mesera de Sandra y por lo tanto yo no lo atendía. Aunque en realidad la idea de hablar con él me daba pavor. Sandra ya me había contado varias veces que cuando lo miraba a los ojos veía algo más que un simple muchacho. Eran tan transparentes, que parecían un cielo nublado e infinito. Pero yo no podía comprobarlo, porque, para ser sincera, nunca lo había visto a los ojos. La única razón por la cuál tenía algún interés en él, era porque Sandra siempre decía que a la única persona que miraba con intensidad, era a mí. Cuando no estaba mirándome, estaba mirando por la ventana. Yo no sabía si eso debía asustarme, pero más que nada estaba intrigada, curiosa.

Me decepcionó que no hubiera pasado a recoger su cartera, pues pasaron los días y no lo volví a ver. Tampoco me atreví a abrir la cartera. Tenía miedo de encontrarme con aquellos ojos aunque fuera en pintura. Cuando llegó el día acostumbrado, en el que el muchacho llegaba a las cinco y se iba a las seis, para sorpresa de Sandra y mía, no llegó.

-No creo que haya dejado la cartera con intención- comenté mientras la observaba, metida en una caja bajo el mostrador.

Al noveno día ya había olvidado prácticamente lo sucedido. Y a las dos semanas, abrimos la cartera por primera vez.

-No es posible que no se haya dado cuenta que había dejado la cartera. Si yo hubiera sido él, ya hubiera venido a buscarla desde hace días- comentó Sandra, sacando cincuenta euros, pero ninguna credencial o identificación.

-No hay manera de localizarlo- murmuré extrañada.

-Tal vez pensó que se la robaron- continuó Sandra sin salir de sus cavilaciones.

-Disculpe- dijo un cliente detrás de mí.

Me volví precipitadamente. Había olvidado por completo el trabajo.

Rápidamente miré la pantalla.

-¿Qué desea?- pregunté abriendo una cuenta nueva.

-Mi cartera- contestó el muchacho.

La sangre se me heló, como si un balde de agua fría me hubiera caído en la cabeza.

Tragué saliva con dificultad al tiempo que levantaba la cabeza y me encontraba por primera vez con aquellos ojos transparentes ¡Y vaya que lo eran! Parecía como si hubiera un cielo allí dentro, custodiado por una pupila tan negra como el carbón.

“Ya nos extrañaba que no viniera” “Queríamos localizarlo.” De todas las cosas que podía decir, lo único que me salió fue un titubeante “En seguida” al tiempo que le daba la espalda.

-Sandra…- murmuré extendiendo la mano- la cartera, por favor.

Sandra me entregó la cartera con extremada lentitud, como metida en un trance. Me volví con pasmos e intenté evitar su mirada cuando le entregué la cartera.

-Gracias, Sofía- dijo con una dulzura desconcertante.

No pude evitar encararlo.

“De nada”

-¿Cómo sabe mi nombre?- pregunté.

El muchacho sonrió despreocupado y señaló el gafete colgado de mi cuello. Me sonrojé al instante, limitándome a asentir con la cabeza.

-Ya que estoy aquí, te pido dos tazas de chocolate caliente.

El movimiento de su boca era tan hipnotizante, que a duras penas podía concentrarme en sus palabras.

-¿Para llevar o para tomar aquí?- tartamudeé, provocando que mis mejillas se encendieran más de lo que ya estaban.

Sólo evidenciaba mi nerviosismo.

-Para tomar aquí.- contestó mirando hacia los pasteles en la vitrina.- y un pedazo de pastel de manzana ¿O tú qué me recomiendas?

Aquella pregunta me tomó desprevenida.

-El de cubierta de vainilla- contesté sin pensarlo dos veces.

Él pareció pensarlo por un momento.

-Entonces, el de cubierta de vainilla será- dijo sonriéndome con complicidad.

No pude más que contestarle con una mueca de nerviosismo.

-Sandra, prepara dos tazas de chocolate para…- lo pensé por un momento ¡Lástima que él no tuviera un gafete colgando del cuello!- para el muchacho.

Sandra se movió torpemente hacia la máquina y tomó dos tazas de capuccino.

Sonreí, al tiempo que la empujaba suavemente y hacía su trabajo. Serví un poco de leche con chocolate, recién preparada hoy en la mañana y le puse un poco de cocoa encima a las tazas espumeantes.

Tomé aire antes de dejar las tazas sobre la barra y encarar nuevamente al joven.

-En seguida llevamos las cosas a su mesa.- le informé indicándole con la mano que tomara asiento en alguna de las mesas libres.

Él asintió antes de dedicarme una última sonrisa y sentarse en la mesa acostumbrada. Por primera vez me pregunté para qué querría dos tazas de chocolate… tal vez esperaba a alguien.

La respuesta a mi pregunta llegó diez minutos después, justo en el momento que coloqué las tazas y el pedazo de pastel sobre la mesa. Sorprendentemente, hoy había llegado en mi turno de mesera.

En ese mismo instante la puerta de la cafetería se abrió y una chica despampanante, de cabellos rubios que llegaban hasta su cadera y ojos tan azules que contrastaban sobremanera de su rostro pálido, se acercó sin vacilar hacia nosotros. El muchacho se incorporó al instante y se acercó a la chica con tranquilidad, mientras la tomaba de la cintura y le daba un dulce beso en los labios.

Pero la chica me lanzó una mirada asesina.

-¿Qué miras, criada?- me espetó.

Rápidamente desvié la mirada y continué con mi tarea. Chica superficial, pero extremadamente guapa y un muchacho con la cabeza hueca ¡Por supuesto! No faltaba más. Caminé de vuelta a la barra intentando disimular mi enojo ¡¿En qué rayos pensaba cuando se me pasó por la cabeza que el chico me interesaba?!

···

Observé a Amidala con deseo. Era mi chica y nada más que mía. Ella sonrió, mostrando sus dientes puntiagudos pero perfectos.

-¿Es esto lo que me querías mostrar?- preguntó con su voz de ángel, aunque no tenía nada de uno.

-Es a la chica a la que te quería mostrar- contesté mirando disimuladamente a la estúpida humana que nos había atendido.

Amidala se volvió hacia la chica y le lanzó una mirada asesina, a pesar de que ésta estaba más bien concentrada en servir tazas de café.

-¿Y?- inquirió.

-¿No te parece perfecta para la tarea?- pregunté buscando su mirada.

Amidala me miró con cara de pocos amigos.

-Nos tienen vigilados, Alan ¿Qué parte no has entendido?- me reprochó.

Fruncí el ceño mientras me cruzaba de brazos y me recargaba en la silla.

-Lo sé, pero quiero que sea tu regalo de cumpleaños.- insistí mirando hacia la ventana.

Noté de reojo cómo su mirada se suavizaba.

-La regla es que ella debe decidir ir. Porque si es a la fuerza, sabes las consecuencias, cariño- me recordó Amidala.

Al volverme, vi el destello desafiante en sus ojos azul marino.

Sonreí divertido.

-Los humanos son tan tontos, que siempre caen.- aseguré.

Amidala correspondió con otra sonrisa.

-Te amo- articuló con los labios.

Mi sonrisa se ensanchó.

-Para tu cumpleaños- aseguré.

-Te ayudaré un poco- propuso Amidala con una sonrisa felina.

Fruncí el ceño.

-Tú sólo sígueme la corriente- dijo en un susurro antes de levantar la voz- Es increíble…

-¿Qué es increíble?- protesté desconcertado.

-Nunca me escuchas- repuso repentinamente molesta.

Entonces entendí su juego. Mis labios se curvaron en una sonrisa.

-¿Que nunca te escucho?

-¡Siempre estás mirando ausente hacia la ventana!- gritó rabiosa.

-Pero no por eso no te escucho…

-Cuando hablas con alguien, lo miras a los ojos. Y por lo menos contestas un “sí” desinteresado. Pero tú ni siquiera pío ¡Estoy harta!- dijo levantándose de su asiento.

-¿Eso qué significa?- murmuré escrutándola con la mirada.

-¡Que terminamos!- gritó de vuelta, antes de tomar su bolso y dirigirse hacia la salida, no sin antes dedicarme una mirada cómplice.

Observé por la ventana cómo mi chica salía sin mirar atrás. Amaba su carácter, de eso no cabía duda.

Esperé unos segundos antes de levantar la mano.

La chica humana ni siquiera se percató de mi movimiento. Seguía concentrada en su trabajo. Aquello me sacó de mis casillas.

Entonces su compañera le dio una palmadita en el hombro y le indicó con la mirada que tenía más trabajo.

Finalmente la chica se volvió y tomó su charola antes de acercarse a mi mesa. Tenía que serenarme, tenía que serenarme. Todo debía salir de acuerdo al plan.

-La cuenta, por favor- murmuré bajando la vista.

La chica no reaccionó de inmediato… otro punto en su contra. Respiré hondo, intentando serenarme por segunda vez.

-Era una chica difícil ¿Verdad?- dijo en un susurro a penas audible, mientras apuntaba algo en una libretita.

-No era mi tipo- contesté fríamente.

Arrancó una hoja y la puso sobre la mesa.

No fue hasta que me percaté de su mirada, que supe que olía el peligro ¡Tenía que serenarme! Me repetí por tercera vez. Ella no debía desconfiar de mí.

-Es difícil encontrar a la correcta- intentó consolarme.

Sonreí burlón ¿Y ella qué sabía? Era tan inocente como una rosa. Una presa perfecta.

-No creo que exista la correcta- mentí sacando mi cartera y pagándole.

Ella negó con la cabeza, metiendo el dinero en un bolsillo de su delantal.

-Lo veo en tus ojos- dijo con una seguridad que hasta ahora no había demostrado- La amas.

Aquellas palabras me tomaron terriblemente por sorpresa. Guardé silencio por un momento.

-No- volví a mentir- mi interés está en otra persona.

Pero los ojos de la chica no se iluminaron como estaba esperando.

-Una oportunidad perfecta para comprobar mi teoría- bromeó dándome la espalda.

No pude evitar sonreír. Algo en sus palabras traía una verdad. Pero al pensar en ello me percaté de que la oportunidad se me estaba escapando de las manos.

-Espera, Sofía- solté sin pensarlo.

La chica se volvió lentamente.

-Qué sorpresa que no hayas olvidado mi nombre- comentó sarcástica.

-¿Cuándo termina tu turno?

···

-¿Cuándo termina tu turno?

Sus palabras me tomaron desprevenida ¿Qué insinuaba?

-A las ocho…- contesté dudosa.

El chico sonrió mirando hacia otro lado.

-¿Vengo por ti a las ocho y cuarto?- propuso.

No pude evitar mirarlo con la boca abierta ¡¿Pero qué se creía?! ¡Ni siquiera sabía su nombre!

-No estoy segura de ser la chica correcta- me negué dando unos pasos más hacia atrás.

Él se incorporó y pude ver que me llevaba una cabeza, lo que lo volvía algo intimidante.

-¿Y si comprobamos tu teoría?- insistió, dando un paso hacia mí.

Mi corazón se aceleró irremediablemente. Pero había algo que no encajaba del todo ¿Era yo su segunda opción porque había terminado con su novia? ¡Era un abusivo más bien!

-Sí- contesté automáticamente.

¡¿Pero qué rayos…?!

-No- me corregí- perdona… ni siquiera sé tu nombre y… además…

Pero cuando sus ojos se cruzaron con los míos, las palabras desaparecieron de mis labios. Un escalofrío recorrió mi espalda.

-Sofía, llevo observándote desde hace dos meses y desde entonces, he estado esperando este momento. Mi nombre es Alan- se presentó de una manera tan extraña que quedé más desconcertada que antes.

-Yo… Alan… no creo…- tartamudeé- Sí.

-Muy bien, entonces a las ocho y cuarto pasaré por ti.- se despidió dándome un beso en la mejilla.

Tomó su chaqueta y salió del local antes de que yo pudiera protestar ¡Pero esto era anormal! ¡¿Cómo lo hacía?! ¡Yo no quería salir con un desconocido!

Volví a la barra fuera de mí. Incapaz de asimilar correctamente lo que había sucedido… ¿Tenía una cita hoy mismo, a las ocho y cuarto, con un chico que ni siquiera conocía… y a parte, era de esos petulantes y creídos? ¡Increíble! ¡Pero qué tonta era! ¡Debía cancelarla cuanto antes! ¡Pero ni siquiera tenía su número de teléfono!

Sacudí la cabeza y automáticamente dirigí mi mirada hacia la puerta de entrada, como si esperara que él siguiera allí. Pero todo había sucedido como un sueño. Tan rápido que a penas lo había percibido.

-¿Sofía?- escuché a Sandra- ¿Sucede algo?

Negué con la cabeza.

-¿Estás segura?

Intercambiamos largas miradas.

-Creo que tengo una cita con el chico de ojos transparentes…- me limité a contestar.

Sandra me miró con los ojos abiertos como platos.

-¡¿Es en serio?!- gritó.

La mitad de las miradas en la cafetería se dirigieron hacia nuestro paradero.

-¿En serio?- repitió en un susurro.

Asentí con la cabeza.

-¿Cuándo? ¿Cómo sucedió? ¿Qué hiciste?

Eran tantas preguntas, que no tuve tiempo de contestar a todas.

-Cuando cierre el café… tengo quince minutos para prepararme- fue todo lo que pude decir.

Sandra soltó una carcajada mientras daba brinquitos de alegría.

-Pícara máquina del amor ¿Para qué crees que tienes a la doctora corazones al lado? ¡Yo te ayudo! Tengo descanso en una media hora. Puedo pasar a mi casa y recoger un vestido ¿Qué te parece?

Sonreí de oreja a oreja.

-¡Eres un ángel caído del cielo!- exclamé divertida.

Ambas reímos, pero nuestras risas se apagaron cuando empezamos a escuchar protestas por parte de los clientes. Cada una volvió al trabajo con una sonrisa en el rostro. La perspectiva de prepararme en quince minutos para una cita me sonaba muy divertida. Y así pasamos el resto de la tarde. Sirviendo café y pastel, pero sin perder la sonrisa. El tiempo parecía burlarse de nuestras ansias de que llegara la hora, porque pasó lento. Los clientes llegaban en masa y las mesas que había que limpiar se llevaron gran parte del tiempo también. Aunque había momentos que no podía evitar dudar de lo que había sucedido. Todavía había algo que no encajaba del todo, algo que me hacía dudar, además de que su actitud no encajaba para nada con su aspecto. Cierto que al principio me había parecido muy dulce, pero cuando hablamos por última vez, sus palabras siempre parecían amenazantes al final. Unas palabras que me invitaban a rehuir. No sabía qué esperar de aquello, en realidad.

Y cuando llegó la hora, Sandra me entregó el vestido y me obligó a entrar al baño a cambiarme. En tiempo récord, salí trastabillando del baño, intentando ponerme correctamente los legins y los converse. Sólo podía agradecer que no me había puesto unos tacones, porque allí si no la hubiera librado.

-¡Maravilloso! ¡Sabía que te quedaría!- me elogió Sandra, limpiando la mesa al otro lado del local.

Reí, mientras me sentaba en una silla y me colocaba correctamente el zapato.

-En seguida te ayudo a trapear, sólo me amarro las agujetas y…

-No, no, no- me interrumpió Sandra, caminando hacia la barra y sacando su bolsillo.- Tú tienes una cita pendiente conmigo y mis maquillajes.

La miré con cara de pocos amigos.

-Sandra, no es necesario- miré el reloj- quedan diez minutos y…

-¿Y crees que será puntual?- repuso divertida, al tiempo que me tomaba de la mano y me conducía de vuelta al baño.

-¿Y quién va a trapear el piso y limpiar la máquina?- proteste.

Sandra bufó.

-Excusas. Yo no tengo citas con muchachos sexys hasta el viernes ¿Entendido? Así que ya me lo pagarás.

Eran excusas, cierto. Pero le tenía pavor al maquillaje.

-Por favor…- le supliqué- no te emociones…

Sandra frunció el ceño mientras comenzaba con su trabajo. Me miré al espejo, preguntándome qué tanto pudo haber visto Alan en mí. Mi cabello no tenía nada que ver con el de su exnovia. Era café castaño y caía en rulos, recogido en una cola de caballo. Además de que mi rostro estaba pálido como el de un muerto y ojeroso a falta de sueño en las noches. Sandra puso polvos por aquí, polvos por acá. Un rosa ligero para los labios y un poco de rimel. No se había emocionado…

Suspiré de alivio cuando tomó mi cabello de un jalón y me quitó la liga, dejando que cayera en cascada sobre mis hombros. Sacó un cepillo de su bolsita mágica ~Nótese el sarcasmo~ y lo cepillo con cuidado.

-¿Ves?- susurró, al tiempo que yo me mordía los labios para no protestar.

Perdí la noción del tiempo, pues al salir del baño, me percaté de que Alan ya me esperaba frente a la puerta, cruzado de brazos y recargado contra la pared. Lo observé por un momento, antes de volverme hacia Sandra e intercambiar miradas de inseguridad.

-Vamos, es sólo un chico- me animó Sandra, guiñándome un ojo y empujándome hacia delante.- No te hagas del rogar…

Contuve el aire antes de caminar hacia la salida.

-¡Espera!- me detuvo Sandra.

Me volví rápidamente.

-Tu bolso- dijo entregándomelo en la mano.

-Gracias, Sandra- murmuré en realidad agradecida.

Ella me dedicó una sonrisa al tiempo que me cruzaba el bolso por el pecho y volvía a la marcha.

-¡Suerte!- se despidió.